¿Por qué nos levantamos cada mañana para ir a trabajar? Es una pregunta clave que todo profesional se acaba formulando en algún momento de su trayectoria. Y aunque existe una respuesta bastante obvia para ese interrogante «para ganar un salario con el que pagar las facturas», no debe tratarse de una respuesta demasiado convincente porque la realidad es que las personas siguen dándole vueltas a la cuestión e indagando en esos motivos. Seguramente, porque sospechan que debe haber algo más allá del dinero (una razón, por otra parte, imprescindible y legítima) que justifique que le estén dedicando tiempo a una empresa, a una profesión, a una actividad. Ese «algo más» es el propósito.
¿Qué voy a leer en este artículo?
Mark Twain decía que los dos días más importantes de tu vida son el día en que naces y el día en que descubres por qué. Y es que los seres humanos necesitamos una buena razón para hacer las cosas que hacemos, un motivo lo suficientemente movilizador y que se alinee con nuestros valores, intereses y deseos. Ese motivo nos permite marcarnos un objetivo, y ese objetivo nos lleva a trazar un plan para alcanzarlo.
Así entendido, el propósito marca la diferencia entre vivir y simplemente sobrevivir. Esa distinción es muy evidente en el mundo del trabajo. La actividad laboral se puede enfocar de diferentes maneras. De una manera mecanicista-burocrática, en la que el profesional se limita a cumplir con sus responsabilidades como un autómata, dejando que pase el tiempo hasta que llegue la hora de salida y sin que las tareas realizadas dejen demasiada huella en ellos. Siempre que ese trabajo esté correctamente realizado, no hay nada de malo en esa forma de actuar.
Por otro lado, el trabajo se puede acometer con un sentido de propósito, es decir, tomando conciencia de que nuestro esfuerzo va a tener un impacto positivo en nuestro entorno. En otras personas, en el medioambiente, en la comunidad, en nuestro desarrollo personal, en el planeta… Sabiendo, en definitiva, que con nuestro trabajo estamos contribuyendo a dejar el mundo un poco mejor de cómo estaba. Y esta es una motivación poderosa que hace de la actividad laboral una experiencia mucho más significativa y satisfactoria.
El trabajo se puede acometer con un sentido de propósito, es decir, tomando conciencia de que nuestro esfuerzo va a tener un impacto positivo.
Abraham Maslow fue de los primeros expertos organizacionales que exploró en la psicología de las motivaciones laborales. En 1943 publicó su famosa teoría de la Pirámide de Maslow, según la cual las personas tenemos una jerarquía de necesidades a cubrir en el trabajo de cinco niveles. En la cima de esa pirámide, Maslow sitúa la autorrealización, que define como «una justificación o un sentido válido a la vida a través del desarrollo de una actividad», un concepto que viene a prefigurar el sentido de propósito. Más adelante, en el arranque de nuestro siglo, Edward Deci y Richard Ryan, con su teoría de la Autodeterminación (TAD), reforzaron esa idea al establecer que la motivación intrínseca o autónoma, aquella que surge de la satisfacción inherente a la actividad, lo que también entronca con el propósito, es más poderosa y duradera que la extrínseca, es decir, aquella basada en recompensas externas, como podría ser un salario.
Desde entonces, numerosos estudios han profundizado en los beneficios laborales del propósito. Por citar un ejemplo, el trabajo «Purpose at Work: The Strategic Role of Purpose in Driving Employee Well-Being and Organizational Performance» determina que un alto sentido del propósito se traduce en menores niveles de estrés, mayor satisfacción laboral o un mejor equilibrio entre vida personal y laboral. Mayor resiliencia, menores niveles de absentismo o rotación y mejoras en el rendimiento son otros de los beneficios laborales asociados al propósito acreditados por la literatura empresarial.
Un alto sentido del propósito se traduce en menores niveles de estrés, mayor satisfacción laboral o un mejor equilibrio entre vida personal y laboral.
El propósito no es un complemento que se elija para mejorar las prestaciones; es una necesidad vital. En su libro «El hombre en busca del sentido», el filósofo y psiquiatra austriaco superviviente de Auschwitz, Viktor Frankl, planteó que la búsqueda de significado es un impulso primario del ser humano. Aquellos que no lo tienen en su actividad laboral, es porque, o bien no resulta posible ponerlo en práctica en su actual empleo, o bien, porque aún no han descubierto qué es aquello que les moviliza internamente.
Las empresas no son ajenas a los beneficios laborales del propósito, y muchas de ellas están ayudando a sus empleados a encontrarlo. Una forma de hacerlo es definiendo cuál es su propio propósito corporativo, de manera que sus trabajadores puedan identificarse y encontrar puntos de conexión entre esa razón de ser empresarial y la suya propia.
Muchas compañías han definido esas razones últimas que explican y dan sentido a su actividad y las han volcado en un enunciado preciso que sirva como guía a toda la organización.
Al fin y al cabo, tener un propósito en la vida es, además de buscarle un sentido a esa existencia, una manera de trascenderla y dejar un legado tras nuestro paso por el mundo. Porque, admitámoslo, a nadie nos gusta pasar por los sitios sin dejar huella.
Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.