Por las carreteras de Perú circulan millones de vehículos cada día. Cualquiera de sus ocupantes puede apreciar cómo esas obras conectan territorios en una geografía compleja, pero lo que nadie conoce son las historias personales que hay detrás de quienes las construyen.
La de Jem Valenzuela empezó mucho antes de que ella supiera qué era una norma ISO o un permiso ambiental. Dio comienzo de niña, cuando viajaba de obra en obra siguiendo a su padre por todo el país.
Hoy, varias décadas después, lidera el área de gestión ambiental del Consorcio constructor del Anillo Vial Periférico de Lima, una de las infraestructuras más emblemáticas que se están llevando a cabo en Perú. “Un desafío técnico muy complejo, no solo porque es una carretera de 34,8 km dentro de la ciudad, sino porque recorre muchos distritos que tienen una situación ya consolidada. Un desarrollo en 3 tramos que incluye, además, el desarrollo del estudio técnico de La Vizcachera, donde hay un botadero —vertedero— que hay que transformar en terraplenes”.
Es solo un ejemplo de los retos que entraña esta ambiciosa autopista, participada por ACCIONA, que conectará once distritos de Lima y mejorará el acceso a nodos estratégicos como el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, el Puerto de Callao y conectará con importantes redes viales nacionales.
El trabajo de Jem y su equipo incluye la elaboración de los Instrumentos de Gestión Ambiental (IGA) para evaluar el impacto del proyecto. “Ya hemos entregado el estudio de Impacto Ambiental detallado de los tramos 1 y 3, ahora están en proceso de revisión por la autoridad competente de Perú y sabemos que será muy minuciosa, por eso nuestro trabajo es superexhaustivo”, apunta, rezumando una confianza en sí misma que siempre cultivó con tesón y que terminó de brotar en ACCIONA.
Esta mujer con voluntad de hierro y guante de seda nació en Ayacucho, en el corazón de Perú, pero apenas tenía dos años cuando dejó atrás el paisaje andino de la Cuna de la Independencia para trasladarse a Moquegua, una región minera al sur del país que se asoma al océano Pacífico. Aquel fue el primer cambio de muchos.
Su padre, Durand, topógrafo de profesión, trabajaba en distintos proyectos y la familia tuvo que trasladarse constantemente, por lo que la infancia de Jem fue poco convencional. “Yo crecí viendo cómo una obra nacía desde cero y luego iba tomando forma. Me fascinaba pensar que cada persona, por pequeña que pareciera su tarea, era una pieza importante para que todo aquello existiera”.
Me fascinaba pensar que cada persona, por pequeña que pareciera su tarea, era una pieza importante para que todo aquello existiera.”
En aquellos años casi no veía mujeres en las obras. Las pocas que encontraba solían estar vinculadas a enfermería, limpieza o tareas administrativas. Sin embargo, nunca pensó que aquel fuera un lugar prohibido para ella. En gran parte, porque en casa había escuchado siempre el mismo mensaje.
Su padre no solo hablaba de igualdad; la practicaba. Cuando algunos compañeros le advertían de que llevar a una niña a pescar traía mala suerte, él respondía llevándola igualmente. “Mi papá siempre decía: lo que puede hacer un hombre, lo puede hacer una mujer”. Años después entendería cuánto la había marcado aquella frase.
Si su padre sembró la idea de que no había límites para una niña, fue Úrsula, su madre, quien convirtió esa idea en una lección de vida. Cuando Jem tenía doce años, sus padres se separaron. Su madre, que hasta entonces había sido ama de casa, tuvo que buscar trabajo, sin experiencia laboral formal y con tres hijos a su cargo. El empleo que encontró fue, precisamente, en construcción. Empezó como peón.
En mi familia siempre pensamos que no teníamos restricciones ni por ser hombres o mujeres ni por tener menos recursos. Si nos esforzábamos, podíamos salir adelante.”
Jem la veía partir de madrugada y regresar entrada la noche, agotada, pero decidida a sacar adelante a su familia. “Ver a mi mamá trabajar en obra fue lo que realmente me abrió los ojos. Entendí que el esfuerzo y la voluntad podían más que el miedo”. Aquella etapa también la obligó a madurar anticipadamente. Mientras su madre luchaba con jornadas interminables de trabajo, ella ayudaba a cuidar de su hermano pequeño, Ghereemey, y asumía responsabilidades que no correspondían a una adolescente.
Lejos de sentirse víctima de las circunstancias, rememora esos años como una escuela de resiliencia. “En mi familia siempre pensamos que no teníamos restricciones ni por ser hombres o mujeres ni por tener menos recursos. Si nos esforzábamos, podíamos salir adelante”.
La decisión de estudiar Ingeniería Ambiental nació de una forma casi fortuita. Tenía trece años y, en su colegio de Chincha, los alumnos debían registrar su nombre a diario en una lista de asistencia. Junto a la casilla del nombre había una pregunta: "¿Qué carrera quiere estudiar?" Ella no lo sabía aún y se limitó a poner una raya.
Hasta que un día vio que una compañera había escrito: Ingeniería Ambiental. El término le resultó completamente nuevo. Solicitó a su madre cincuenta céntimos para abonar media hora de internet en un cibercafé y buscó qué significaba aquella profesión. “Sentí que era una carrera que se preocupaba por el entorno y que además tenía mucho sentido dentro del mundo de la construcción que yo ya conocía”.
Al día siguiente, en la hoja de registro, Jem Valenzuela anotó junto a su nombre: Ingeniería Ambiental. Hoy recuerda que la primera inversión que hizo en su futuro profesional fue aquella de cincuenta céntimos.
Jem comenzó a ejercer con apenas diecinueve años, incluso antes de finalizar la carrera. Su primer empleo fue en una municipalidad; más adelante en una consultora ambiental. Sin embargo, el verdadero choque se produjo al ingresar en una obra de construcción.
Al principio gestionaba permisos ambientales, un trabajo más vinculado a las autoridades que al campo. Todo cambió cuando se trasladó al área de Seguridad y Medio Ambiente y pasó a supervisar directamente en obra. Entonces escuchó una frase que nunca olvidaría: “El gerente de construcción, en ese entonces, dijo: ‘Yo no quiero ver mujeres en campo porque las mujeres solo distraen a los hombres’”.
Aquella obra contaba con unas ochenta personas como línea de mando y solo cinco eran mujeres. Ella era la única que supervisaba permanentemente en campo. Cada vez que aparecía revisando trabajos o verificando cumplimientos, el gerente intentaba apartarla de ese frente.
Tuvo que elegir entre dos caminos: “O me hacía más fuerte o me echaba a llorar. Y llorar no era una opción”. No estaba sola en su propósito, pues contaba con la ayuda del gerente de obra, que sí supo reconocer su potencial: “Me dijo: ‘No te dejes doblegar, vas a encontrar mucha gente así en este rubro’”.
Otro de los grandes puntos de inflexión acaeció con el nacimiento de sus hijas. En la empresa donde estaba empleada había buenas perspectivas. Le hablaban de crecimiento, de nuevos proyectos y de una posible proyección hacia puestos de mayor responsabilidad.
Entonces concibió a su primera hija y las conversaciones cambiaron. “Sentí que muchas de las oportunidades que se estaban planteando para mí se frenaron por el hecho de estar embarazada”. Pero, lejos de resignarse, optó por demostrar que la maternidad no anulaba su capacidad profesional. La gestación fue difícil. Sin embargo, lejos de abandonar su crecimiento profesional, continuó supervisando obras.
Sentí que muchas de las oportunidades que se estaban planteando para mí se frenaron por el hecho de estar embarazada.”
Cuando dio a luz a su primera hija, Illari —un nombre quechua que significa amanecer resplandeciente— tuvo que enfrentarse a otra decisión dolorosa: aceptar un puesto lejos de casa o renunciar. Consiguió una alternativa más cercana y terminó trabajando en uno de los proyectos viales más importantes de Lima.
Poco después llegó un segundo embarazo, esta vez de alto riesgo. La situación laboral se tornó complicada y finalmente decidió dejar la empresa. “Sentí que toda la proyección profesional que había construido se venía abajo”. Durante un tiempo creyó que quizá su camino sería quedarse en casa con sus hijas. Pero todavía no sabía que estaba a punto de comenzar una de las etapas más importantes de su vida.
Jem lamentaba que todo aquello por lo que había trabajado durante años se desmoronara. Había dedicado más de media década a abrirse camino en un sector donde cada paso parecía exigir un esfuerzo extra. Había demostrado su capacidad una y otra vez y, sin embargo, recomenzaba desde cero.
Pero mientras cuidaba de sus hijas retomó una idea que venía acariciando: crear su propia consultora. Pero no lo hizo sola, sino apoyándose en las personas que siempre habían estado ahí: su padre, el topógrafo que le había enseñado desde pequeña a amar las obras, y su hermano mayor, Christopher, ya convertido en ingeniero de minas. Entre los tres comenzaron ofreciendo aquello que mejor sabían hacer: topografía, asesoramiento ambiental, implantación de sistemas de gestión y certificaciones.
Era una empresa pequeña, pero llena de ilusión. "Empecemos con lo que sabemos hacer", recuerda haber dicho entonces. Aquella decisión acabaría abriendo una puerta que ni siquiera imaginaba.
Poco después, en 2019, recibió la llamada de Paul, un antiguo compañero. ACCIONA necesitaba apoyo para implantar y certificar sus sistemas de gestión en Perú. Antes de acudir a la reunión investigó a fondo la compañía y descubrió una empresa presente en todo el mundo y, sobre todo, una idea que conectaba de inmediato con su forma de entender la ingeniería: la sostenibilidad.
Muchas empresas hablan de sostenibilidad. En ACCIONA la sostenibilidad forma parte de cada decisión.”
"Pensé que si una empresa de esta magnitud me estaba buscando a mí era porque me lo había ganado". Llegaba por fin la recompensa, pero aún tenía que pasar una entrevista que recuerda como muy exigente y precisa. Pero la experiencia de Jem terminó por convencer al equipo.
Comenzó entonces una colaboración que se prolongó por un año y medio. Durante ese tiempo lideró el proceso de certificación, mientras la normativa internacional evolucionaba hacia la ISO y las exigencias crecían. Pero lo que más recuerda ella no es la auditoría, sino otra cosa.
En aquel momento Jem ya era madre de dos niñas y acababa de atravesar una separación. Vivía en Chincha y debía desplazarse constantemente a las oficinas de ACCIONA en Lima, a 200 kilómetros de distancia, lo que le dejaba poco margen de tiempo. Trabajaba prácticamente toda la noche, dormía 3 horas y madrugaba para preparar el desayuno de sus hijas antes de comenzar otra jornada. "Tenía que demostrar que podía hacerlo. No solo por mí, también por ellas."
Mantuvo ese ritmo durante casi un año, hasta que llegó la auditoría definitiva. Las sesiones comenzaban a primera hora de la mañana. “Cuando supieron que tendría que salir de mi casa a las 4 de la madrugada, me pagaron una habitación de hotel cerca de la oficina para que pudiera descansar la noche anterior”. Aquel pequeño gesto tuvo para Jem un valor especial: "Con ACCIONA sentí por primera vez que una empresa no veía solo a la profesional, sino que también veía a la persona”. Fue el inicio de la relación de confianza y empatía que mantiene hoy con la compañía.
Con ACCIONA sentí por primera vez que una empresa no veía solo a la profesional, sino que también veía a la persona.”
Tras finalizar aquella colaboración continuó con nuevos proyectos. Volvió a colaborar puntualmente con ACCIONA durante el proceso de homologación para la ampliación del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. Se desató entonces la pandemia de COVID-19 y, con ella, una etapa especialmente difícil.
Aceptó un trabajo situado a doce horas de su casa. Durante tres meses no pudo ver a sus hijas, al cuidado de la abuela. La pequeña lloraba todas las noches. Su madre evitaba contárselo para no hacerle aún más difícil la distancia. Hasta que un día decidió volver a su hogar. "Pensé que lo peor que podía pasar era seguir estando igual”.
Cuando, en 2021, se disponía a incorporarse a otra empresa, recibió una llamada nuevamente de ACCIONA por un puesto que se había abierto en el proyecto del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez y necesitaba incorporar a alguien para el área de Calidad.
Ella dudó, ya que su experiencia había estado más vinculada al medio ambiente y no estaba segura de cumplir el perfil. La respuesta de Flavio Rodríguez, quien se ha convertido en su mentor, fue inmediata: "No la llamo porque ya lo sepa todo. La llamo porque sé que hará todo lo posible por aprenderlo”. Aquellas palabras fueron determinantes y regresó a ACCIONA, esta vez para quedarse. “Era un proyecto aeronáutico que requería un nivel de profesionalidad muy exhaustivo y minucioso, y en un área que yo no había desempeñado antes: la de Calidad”.
El desafío mereció la pena por partida doble. Desde entonces, la torre de control del aeropuerto es uno de sus logros favoritos. Después de esta obra, se desempeñó también como jefa de Calidad en la Vía Evitamiento Chimbote, obra que culminó en el año 2024 de forma satisfactoria.
Fue al concluir esta obra cuando Jem encontró afinidad con un ingeniero llamado Francisco. Con el tiempo, se convirtió no solo en una persona importante en su vida, sino también en su compañero de vida y de sueños.
Hoy Jem Valenzuela lidera uno de los ámbitos más complejos del Anillo Vial Periférico de Lima. Su equipo trabaja en la obtención de permisos ambientales, a través de la elaboración de instrumentos de gestión ambiental y la recuperación de espacios degradados, para hacer posible una infraestructura que incluye 11 intercambios viales, 24 pasos a desnivel, 2 túneles y 1 viaducto.
Pero cuando ella habla de su trabajo rara vez empieza por datos o documentos. Prefiere hablar de las personas. Explica que detrás de cada permiso hay vecinos, comunidades y familias cuya vida cotidiana cambia con la llegada de una nueva infraestructura. “No puedes avanzar simplemente enfocado en el diseño, sin tener en cuenta el día a día de las personas que viven allí y las nuevas dificultades que van a enfrentar”, señala.
No puedes avanzar simplemente enfocado en el diseño, sin tener en cuenta el día a día de las personas que viven allí y las dificultades que van a enfrentar.”
Por eso insiste en la importancia de escuchar, de dialogar y comprender qué necesita cada territorio que se encuentra en la zona de influencia de las obras. Para ella, la sostenibilidad no consiste únicamente en cumplir una normativa, sino en construir proyectos que mejoren la vida de las personas, sin perder de vista el entorno que las rodea.
Es una filosofía que, en el caso de Jem, conecta plenamente a la persona con la entidad: "Muchas empresas hablan de sostenibilidad. En ACCIONA la sostenibilidad forma parte de cada decisión”.
Quizá una de las mayores satisfacciones de Jem no tenga que ver con algún proyecto en concreto. Hoy dirige un equipo en el que trabajan varias jóvenes ingenieras. Le gusta plantearles preguntas en lugar de ofrecer respuestas. Quiere que aprendan a analizar, a cuestionar y a decidir por sí mismas. "No quiero que las personas a mi cargo dependan de mí, quiero que el día de mañana puedan resolver cualquier situación solas”.
Ese compromiso también explica por qué fue reconocida en Perú dentro de la iniciativa "Mujeres que inspiran y transforman" impulsada por ACCIONA con motivo del Día Internacional de la Mujer. Un reconocimiento que recibe con humildad. Porque insiste en que todavía queda camino por recorrer: "Ser mujer y ser madre no debería obligarnos a demostrar constantemente que somos capaces”.
A sus 34 años, cuando a Jem le preguntamos: "¿Cuál es tu sueño?", no habla de un nuevo cargo, ni de una obra más grande, ni de reconocimientos. “Para mí, estar en ACCIONA es haber logrado una meta”, asegura, y aprovecha para mencionar a Pedro Iniesta y Guillermo López-Cediel como referentes en la empresa en la que dice “ser feliz” por el apoyo y respaldo que le han brindado.
Pero la pregunta le lleva a hablar de sus hijas. Quiere que Illari y Mariajosé crezcan convencidas de que podrán elegir cualquier camino, sin preguntarse si una profesión es para hombres o para mujeres, y que nadie les haga sentir que la maternidad limita sus posibilidades.
"Lo que más deseo es que mis hijas puedan lograr todo aquello que se propongan, sin que nada las limite". Porque, al final, construir infraestructuras no consiste únicamente en levantar carreteras, aeropuertos o grandes proyectos. También consiste en construir oportunidades, y pocas personas saben tan bien el valor de aprovecharlas como Jem.