En 2019 el pueblo de Sambuca di Sicilia se hizo viral por una sorprendente propuesta: ponía a la venta casas por un euro. La iniciativa dejaba traslucir un problema cada vez más acusado en muchos países: la despoblación rural y la progresiva muerte de los pueblos. Galicia no es una excepción a este fenómeno. Y Silvia Blanco Dosil tenía todas las papeletas para ser una de esas personas que abandonan su lugar de origen en busca de oportunidades laborales. Al fin y al cabo, nació en Seilán, una aldea gallega de apenas quince casas.

Sin embargo, ha logrado permanecer en su tierra, dedicarse a lo que le apasiona y progresar profesionalmente en una carrera –la ingeniería– donde la representación femenina sigue siendo reducida. Silvia nos atiende desde el parque eólico de Bonus en la localidad de Mazaricos (La Coruña) que actualmente supervisa, y nos explica el camino que ha recorrido en estos diecisiete años en ACCIONA.

 

Llegar alto sin tener que ir lejos

Cuenta Silvia que algunos días sube con la bici al monte Iroite, cerca de su casa. “Empiezas a subir y vas viendo el mar, desde esta vertiente toda la ría de Arousa, y llegas arriba, y hay una paz sin igual. Llegas y te encuentras de fondo la ría de Muros y Noia; estás en el medio de la montaña y ves los caballos pastando y solo oyes eso y te paras allí y dices: guau, ya podría morirme tranquila sintiendo esto”. Las subidas al monte Iroite las denomina, jocosamente, Iroiterapia. Es allí donde desconecta del ajetreo cotidiano y reconecta con los paisajes de la tierra que la ha visto crecer.

Hoy ya no practica el ciclismo de montaña de forma competitiva, tal como hacía años atrás, cuando ganó algunas carreras regionales, pero esa afición sigue siendo un remanso de libertad para ella. Y ese deporte también tiene algo de simbólico: coronar puertos de montaña a pedal se parece bastante al camino que ha seguido en su desarrollo profesional y personal. Cabe decir que Silvia ha llegado alto sin tener que ir muy lejos.

Una infancia entre perros, gatos y cangrejos

“Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”, decía la Nobel de literatura Louise Glück. Y es imposible sustraerse a esa impresión cuando se oye hablar a Silvia de su primera infancia en los prados de su tierra natal. Se le ilumina la cara cuando lo hace. “Tuve la suerte de vivir una época y en un sitio donde podías estar libre. Era hacer los deberes y hasta que se oscurecía y escuchabas el grito de tu madre de ‘es hora de volver’, estabas por ahí”, nos cuenta.

En los campos cercanos a su casa discurría el río Tambre, escenario de gran parte de su ocio infantil: “Era una entrada de un río donde la gente tenía su barco anclado y poco más, pero vamos, era divertidísimo ir a bañarse en verano y pescar cangrejos. Metíamos la mano en los agujeros para cogerlos, y te salían enganchados, con lo que dolía, pero nos encantaba y volvíamos a casa con ellos”. Silvia también se fabricaba sus propias cañas de pescar con un palo y algo de sedal, quizá en una señal temprana de su vocación como ingeniera.

Y claro, en esa infancia ligada a la naturaleza también era inevitable el contacto con los animales: “Tenía muchos en casa: gatos, perros, y en algún momento llegaba a ser casi como albergue porque todo animal que parecía abandonado yo lo rescataba”.

De ese tiempo lejano recuerda igualmente jugar con las herramientas del pequeño taller de su padre, que era albañil, y ejercer de peón junto con sus dos hermanas para ayudarlo. Ambos progenitores trabajaban incansablemente para sacar la familia adelante. Él desde los catorce años y ella en las faenas a su alcance en la zona, desde el marisqueo hasta el trabajo en las fábricas de pescado, ya que no pudo completar sus estudios. “Como dice siempre, es lo que le da pena: no haber podido ir más a la escuela porque le gustaba”, cuenta Silvia de su madre.

 

“Mi madre lo pasó peor conmigo por el hecho de dedicarle demasiado tiempo a los estudios que por ser vaga”.

Quizá fue de ellos quien aprendió también la tenacidad en sus estudios y su posterior vida profesional, tanto que a veces pecaba por exceso. “Mi madre lo pasó peor conmigo por el hecho de dedicarle demasiado tiempo a los estudios que por ser vaga. Imagínate, por la noche venía como cinco veces a decirme: ‘Vete para la cama, que no estás aprendiendo nada más’”.

 

Del prado al humo de los coches

No siempre lo que nos gusta se nos da bien, y a la inversa. Es lo que le pasó a nuestra entrevistada cuando le tocó tomar una dirección en sus estudios, ya que a ella se le daban mejor las letras que las ciencias. Tras el bachillerato, que cursó en el instituto de un pueblo cercano, en Noia, tuvo que madurar la carrera que iba a elegir. Su hermana, que ha sido un referente imprescindible para ella, “donde me he mirado siempre”, estaba cursando estudios de aparejadora en La Coruña y Silvia pensó que lo mejor sería estudiar Ingeniería de Caminos, ya que podría vivir en la misma ciudad y le pillaba más cerca de casa.

 

“Después de vivir en una casa en el campo, pasar a estudiar en Vigo fue un cambio bastante radical al ser una ciudad industrial con mucho coche y mucho tráfico”.

 

Al final, sin embargo, eligió Ingeniería Mecánica, que le atraía más, pero eso le obligó a estudiar en Vigo. “Fue un cambio bastante radical”, explica. “Es una ciudad industrial, hay mucho coche, mucho tráfico; meterse en un piso estando acostumbrada a vivir en una casa en el campo… a mí me cambió”. Atrás quedaban, momentáneamente, los prados de infancia. Eso sí, cada fin de semana volvía a casa de sus padres sin falta.

La conexión entre las energías renovables y la naturaleza

Si tenemos en cuenta el apego a la tierra, a la naturaleza y los animales, no sorprende que Silvia se fuese decantando por las energías renovables. De hecho, su trabajo de fin de carrera giró en torno a la energía fotovoltaica. “A mí me gusta mucho todo lo que es medioambiental y todo lo sostenible […] lo que es respetar la naturaleza y cuidarla. Entonces, lo de las energías renovables siempre me llamó la atención, me parecía algo muy necesario”.

Así, el trabajo de fin de carrera, que completó en 2007, aunaba la energía renovable con otra dimensión de la sostenibilidad: el reciclaje de paneles. “Me pareció interesante porque, además, era algo que estaba empezando en esa época”. Al final, a pesar de que sacó buena nota, no lo presentó públicamente por tener “pánico escénico”, algo que con el tiempo ha ido domando, junto con otros miedos.

La ilusión del primer día de trabajo

Silvia no había concluido aún su proyecto de fin de carrera cuando empezó a tocar puertas para acceder al mundo laboral. “Yo tenía muchas ganas de empezar a trabajar y de independizarme, pero mi madre me decía: ‘Pero ¿qué prisa tienes?’”. ¡Una hija que estudiaba demasiado y encima quería emanciparse recién salida de la carrera! Pero así fue, aunque para ello era preciso empezar con su primer trabajo.

“Me apunté a todo lo que había y mandé currículums a todas las empresas y a todas las ofertas que veía en las páginas rosas del periódico”, relata. Hasta que un día leyó una oferta en un portal de empleo en el que se hablaba de un puesto de trabajo como técnico de mantenimiento preventivo en los parques eólicos de Mazaricos, muy cerca de su aldea natal. Como hemos visto, Silvia estaba muy apegada a sus raíces geográficas y familiares, por lo que eso parecía una gran oportunidad, aun a pesar de que se tratase de un contrato de obra de dos meses.

“Cuando empezó el auge de los parques eólicos se primaba que fuese gente de la zona para la contratación. Por eso me contrataron, entre otras razones, porque vivía cerca”.

 

Y no solo era una oportunidad laboral en un lugar cercano, sino en nuevo sector pujante que estaba revitalizando la región con una vocación de impacto local positivo: “Cuando empezaron los parques, porque claro, esto fue en el inicio, ahí fue en el auge en que había tantas ayudas, lo que primaba era que fuera gente de la zona. Por eso a mí me contrataron de entre todos los que se presentaron; una de las razones era por ser de ahí cerca”.

El puesto de mantenimiento predictivo que le habían asignado consistía en hacer mediciones de vibraciones de los aerogeneradores, realizar inspecciones internas de componentes rotativos y otras acciones encaminadas a detectar averías potenciales.

“El primer día no llevaba ni ropa de empresa, iba con unos vaqueros y un jersey que me había traído el formador que impartía el curso de acceso. Fue como cuando vas el primer día de instituto que vas con ilusión, pero nervioso, y me encantó, lo disfruté muchísimo. Los primeros meses estuve en una nube. En casa me decían que era una pesada porque yo decía que era el mejor trabajo del mundo”, rememora con una sonrisa.

 

Los primeros meses estuve en una nube. En casa me decían que era una pesada porque yo decía que era el mejor trabajo del mundo”.

Ese primer trabajo, por aquel entonces como parte de una filial, sería el comienzo de una carrera desarrollada íntegramente en ACCIONA: “No había cumplido los dos meses y el encargado que tenía en aquel momento me dijo que me iban a hacer fija porque estaban contentos, que iba a tener continuidad el puesto, y para mí fue una gran alegría”, explica.

Ese proceso de contratación la lleva a reflexionar acerca del impacto que tuvo la llegada de ACCIONA Energía a su región. “Hay que entender que en su momento los puestos de trabajo que ofreció en los parques, como el que llevo yo ahora, no los ofrecería otra empresa. La mayoría de esa gente no tenía estudios ni formación especializada y consiguieron un puesto de trabajo al lado de su casa. Hoy en día están ahí, formados y con una buena situación laboral”.

 

Una gira por los parques eólicos de España

Andalucía, Cataluña, Asturias…. A pesar de su apego al terruño, Silvia sí que tuvo que pasar cierto tiempo inspeccionando distintos parques eólicos de todo España en numerosos viajes. Era un trabajo en condiciones difíciles, ya fuera por el mal tiempo o porque era preciso escalar hasta lo alto de muchos aerogeneradores sin un ascensor de apoyo. A pesar de las medidas de seguridad, se enfrentaba a los riesgos inherentes a un trabajo físico.

De esa época recuerda el aprendizaje de la mano de numerosos compañeros. “Conocías gente que sabía muchísimo, que te enseñaba un montón de cosas, y distintas formas de pensar”. Y añade: “También ves cómo trabajan en otros sitios, los tipos de máquinas, que al final conoces todas las tecnologías, que también es algo valioso. Había momentos mejores y otros peores, pero los compañeros eran muy buenos”.

En general, aunque en la carrera habían sido pocas las ingenieras licenciadas, Silvia no advirtió discriminación en el trabajo por ser mujer, más allá de algunos detalles. “Yo creo que la acogida fue muy buena, pero también te encuentras con ciertos comentarios. Estamos acostumbradas en general a oír ‘no, tu eso no lo cojas, que eso lo hago yo, que tú no tienes fuerza’, que al final acabas creyéndotelo”.

 

Coronar nuevas cimas

Con el tiempo, allá por el año 2015, Silvia acabó al frente del departamento de mantenimiento predictivo, desde donde supervisó los trabajos en los parques de ACCIONA Energía de todo España, y algunos en el extranjero, como Polonia o Chile. Nuestra entrevistada explica que el proceso de asunción de responsabilidades fue paulatino y natural: “A mí me gustaba organizarme en el trabajo cuando ibas por ahí. Llegamos a ser un grupo de doce personas y claro, trabajábamos por parejas, pero de alguna forma había que organizar las tareas y hablar con los responsables de los parques. Y yo fui asumiendo esa tarea”. También echaba mano de su talento para la escritura en la redacción de informes.

Hay veces que en esta sección nos cruzamos con personas que tienen un plan de carrera muy definido, con unas metas muy claras. En el caso de Silvia, se limitó a trabajar con tenacidad y a estar presente cuando surgía alguna oportunidad, muchas veces con cierta aprensión: “Me plantearon si me interesaba apuntarme y pasar el proceso para jefa de parque y, bueno, me apunté, pero tampoco las tenía todas conmigo. Me inspiraba un poco de miedo y pensaba: ‘Habrá cosas en las quede muy coja o no esté a la altura’”. No lo expone en esos términos, pero quizá se podría describir como un síndrome del impostor.

Por suerte, no escuchó esas voces interiores y, tras consultar con su familia, que la animó a dar el paso, logró superar todas las fases del proceso de contratación. En 2020 pasó a ser jefa de los cinco parques que componen el parque Bonus Coruña, en la localidad de Mazaricos, a tiro de piedra de su familia.

 

“En una charla que di en un instituto en el Día de la Mujer, dije a las niñas: ‘No hay límites. Los límites los pones tú’”.

En esa transición tuvo la suerte de aprender algo acerca de los miedos y las limitaciones que la habían asaltado: “Hace años, y coincidió cuando yo hice el cambio [al nuevo puesto], me invitaron a ir a un instituto a dar una charla con otras chicas para el Día de la Mujer. Y las preguntas de las niñas eran: ‘¿Y no te da miedo eso?’. Lo de estar ahí era como que lo veían muy lejos. Como si les faltase alguien que les dijera que no tenían una limitación. Y yo les decía: ‘No hay límites. Los límites los pones tú’”. Y concluye: “Evidentemente, te tiene que gustar, pero tienes que saber que hay esa posibilidad. Yo creo que a veces nos limitamos nosotras mismas”.

¿Y cómo ha sido la evolución de la representación femenina en el seno de ACCIONA? “Yo creo que en esta empresa el tema de la igualdad va bastante bien porque al final sí que se abren ventanas. Por ejemplo, en el puesto en el que estoy yo, creo que hace años era impensable porque no se planteaba”. Y comenta el programa de aceleración de liderazgo femenino de ACCIONA en el que participó exitosamente hace algunos años.

 

“Mi trabajo es complejo porque cada día, después de cuatro años, sigo aprendiendo cosas nuevas, nuevas maneras de hacerlas que hasta ahora desconocía”.

 

Silvia describe esa nueva posición como un reto de aprendizaje: “Es complejo porque cada día, después de cuatro años, sigo aprendiendo cosas nuevas. Me doy cuenta de que hay que hacerlas de una manera que hasta ahora desconocía. Creo que no me pasa solo a mí, veo que le pasa a más gente porque son muchas cosas de las que hay que estar al corriente. Al final también es, en gran parte, un trabajo de gestión más que de trabajo con las máquinas”.

Aunque muchas veces también se trata de problemas técnicos: “De repente, pues que se te pare una línea de un parque de quince máquinas porque ha disparado un transformador y tengas que esperar a poder cambiarlo, que luego tengas una pala que hay que bajar en otro lado y otra máquina parada en otro sitio…”. También señala que ha aprendido a tomarse esas pequeñas crisis con más calma: “La cabeza al final te frena y te dice: bueno, relájate, que esto no es el fin del mundo”.

 

Aquí lo tengo todo

Hoy, después de casi veinte años en ACCIONA, Silvia tiene la perspectiva para reflexionar acerca de su trayectoria. De todo lo que ha aprendido, pero también de la conquista que ha supuesto: “Partí de una familia muy humilde en la que mis padres llegaron a pasar mucho trabajo y mucho apuro para sacar adelante ya no solo a mí, sino a mis dos hermanas. Cuando hablo con mi madre y le noto su orgullo, le digo: ‘Claro, si he conseguido algo grande es gracias a vosotros […]’. Sin ellos no habría sido quien soy”.

 

“Puedo decir que los parques eólicos en los que trabajo son los más bonitos del mundo”.

Esa gratitud también la ayuda a relativizar en medio del estrés diario de sus grandes responsabilidades: “Cuando tengo un problema paro y me digo: eh, eres afortunada, que no todo el mundo llega por mucho que se esfuercen, no todo el mundo está donde quiere estar y donde le gustaría, y yo puedo decir que prácticamente lo tengo todo”.

“De hecho, lo digo siempre: los parques donde estoy ahora mismo para mí eran mis favoritos de siempre y yo sigo diciendo que son los más bonitos del mundo. Además, aquí es que tienes mar y montaña, no todos los sitios te ofrecen algo semejante. No hay mejores vistas que en este lugar”, explica antes de retornar a su trabajo diario en esos mismos montes que dibujaron el contorno de su infancia.

 

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