Body doubling: ponerse en marcha gracias «al otro»

Trabajar juntos multiplica el foco y combate la procrastinación: el body doubling demuestra que la compañía puede disparar productividad, concentración y bienestar.

DESTACADOS

  • «Las personas tienden a ejecutar mejor determinadas tareas cuando se sienten observadas por otros que cuando se encuentran solas»
  • «La soledad, como la compañía, tiene ese componente de arma de doble filo como efecto impulsor o debilitante de la capacidad de concentración en una tarea»

 

Los humanos somos seres sociales que estamos diseñados para vivir y trabajar en comunidad. Aunque nadie pone en duda el valor, muchas veces extraordinario, de las contribuciones individuales, los proyectos más exitosos, ambiciosos y consistentes suelen ser aquellos que saben conjugar el talento combinado de varias personas alrededor de un objetivo común. Existen distintas maneras de articular esta colaboración. Una empresa, un departamento, un equipo, una asociación o un proyecto multilateral son diferentes materializaciones de esa conjunción de talentos alineados. Simplemente, el trabajo colaborativo es más eficiente, tiene mayor alcance y permite a quienes lo practican llegar más lejos y en menos tiempo.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

 

Lo más sorprendente del poder de la colaboración es que esta funciona como palanca de productividad, incluso entre personas que no están colaborando. Según esta doctrina, bautizada como «body doubling» bastaría con que dos individuos se encuentren próximos en un mismo espacio físico para que su rendimiento sea mayor. No hace falta que sean compañeras de trabajo ni que compartan temas o proyectos. Podría tratarse de dos profesionales de disciplinas completamente distintas, pongamos, un asesor fiscal y un diseñador gráfico, actuando por cuenta de entidades independientes. Pero, ¿cuál es el mecanismo que obra este prodigio? Los orígenes del body doubling perecen remontarse a finales del siglo XIX, momento en el que el psicólogo norteamericano Normal Triplett enunció por primera vez el fenómeno de la facilitación social tras observar el comportamiento de unos ciclistas que rodaban en solitario y compararlo con el que mostraban cuando lo hacían acompañados por otros corredores.

 

Según esta teoría, las personas tienden a ejecutar mejor determinadas tareas cuando se sienten observadas por otros que cuando se encuentran solas. En el siglo XX, autores como Robert Zajonic y Robert Baron profundizaron el concepto. El primero estableció su naturaleza dual, al sugerir que la presencia de otras personas actúa, efectivamente, como un estímulo para la ejecución de tareas sencillas, pero podría ser contraproducente cuando la dificultad de estas acciones aumentaba. Por su parte, Baron introdujo variables cognitivas en el fenómeno como la atención y la distracción. Según este autor, la eficacia en la ejecución de una tarea depende del número de distracciones que estén presentes durante su realización. 

Las personas tienden a ejecutar mejor determinadas tareas cuando se sienten observadas por otros que cuando se encuentran solas.

Uno de los mecanismos que ayudan a explicar el body doubling es precisamente el hecho de que la presencia de una persona en el espacio común actúa como una especie de repelente de distracciones, ayudando a mantener la concentración. Esa es la razón por la cual uno de los contextos en los que esta técnica ha acreditado mejores resultados es en el tratamiento a personas con TDAH, es decir, con dificultades para mantener la concentración. El body doubling pone nombre y delimita entre los caracteres de una definición de escuela de negocios a un fenómeno que en realidad lleva siglos dándose en todo tipo de contextos.

Porque, ¿qué otra cosa sino body doubling era, acaso, la labor que realizaban los monjes copistas reunidos en los scriptorium de los monasterios medievales? ¿O los trabajos agrícolas comunales de los kibutz israelíes? ¿O la arraigada costumbre, adoptada por estudiantes universitarios y opositores de todas las épocas y lugares, de irse a la biblioteca a estudiar de forma individual, pero rodeados de iguales en idéntica actitud, cuando podrían estar haciéndolo cómodamente desde sus casas al abrigo de distracciones? Hoy, la manifestación más clara del fenómeno la hallamos en los espacios de coworking, donde la presencia cercana de profesionales de otros negocios actúa como una especie de imán que sujeta a los coworkers en sus asientos ocupándose con ejemplar dedicación y altos niveles de concentración de sus respectivos asuntos y sin interferir en los ajenos, salvo quizá a la hora de algún ocasional café en las zonas comunes. 

La presencia «del otro» puede ayudarnos a salir de la trampa de la procrastinación.

El body doubling trasciende estas aproximaciones espontáneas y a la propia facilitación social (que sucede sin más), mediante la puesta en práctica, de manera consciente y deliberada, de la tesis de la mera compañía como poción mágica para incrementar el rendimiento. Ese «juntos pero no revueltos» en el trabajo procura una especie de sucedáneo de esa seguridad que siempre aporta el grupo, y es un eficaz antídoto contra la sensación de aislamiento que muchas veces acompaña a los profesionales que tienen un trabajo solitario e individual, como pueden ser escritores, programadores o muchos artistas.

 

La soledad, como la compañía, tiene ese componente de arma de doble filo como efecto impulsor o debilitante de la capacidad de concentración en una tarea. El fenómeno es especialmente indicado para luchar contra la procrastinación, y es que cuando las personas nos enfrentamos a una tarea, especialmente si barruntamos que será laboriosa y compleja, tendemos a retrasar su inicio. No por pereza ni falta de voluntad, talento o disciplina, sino por una cuestión de autorregulación emocional. En su afán por procurar estabilidad, nuestro cerebro busca permanentemente recompensas a corto plazo, y el inicio de una tarea exigente se encuentra en las antípodas de ese objetivo. Evitar esa tarea, que nos puede producir ansiedad por miedo al fracaso, nos brinda ese alivio temporal que, sin embargo, acaba derivando en sentimientos de culpa y una mayor presión que nos lleva a seguir procrastinando en un círculo vicioso de difícil resolución.

La soledad, como la compañía, tiene ese componente de arma de doble filo como efecto impulsor o debilitante de la capacidad de concentración en una tarea.

La presencia «del otro» puede ayudarnos a salir de la trampa de la procrastinación. Lo haremos fundamentalmente por un fenómeno sociológico y psicosocial que a todos nos costará reconocer en público, pero que tiene un enorme peso en nuestras decisiones y comportamientos. Lo haremos por el «qué dirán». Efectivamente, las opiniones de nuestro entorno, especialmente si proceden de personas que ejercen una cierta influencia sobre nosotros, nos afectan mucho más de lo que estaremos dispuestos a admitir. Por esa razón, tal vez estemos predispuestos a dejarnos dispersar por mil y una distracciones en el íntimo anonimato de nuestro hogar o nuestro cubículo, pero, probablemente nos cueste mucho más ser indulgentes con nuestra propia indolencia en presencia de testigos.

 

El efecto de la compañía será todavía más poderoso si resulta ejemplificante, es decir, si «el otro», sea lo que sea en lo que esté trabajando, muestra unos niveles de compromiso, dedicación y concentración superiores a los nuestros que nos sirvan como inspiración y modelo a seguir. De esta forma, se puede llegar a producir un singular efecto espejo, en el que ambos profesionales se empujan mutuamente sin que se sepa a ciencia cierta quién inició el proceso. Sin que se sepa quién fue el que se puso en marcha gracias al otro. 

Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.