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- El entorno físico se considera un elemento determinante en la llamada experiencia de empleado.
- La clave del espacio de trabajo no está en que responda a una moda, sino en que se ajuste con coherencia y precisión a los valores, identidad, necesidades y características de una determinada firma.
Como buenos maestros de la impostura y la simulación, los actores y actrices no necesitan demasiados elementos para ponerse en situación y hacer su trabajo. Están entrenados para interpretar con verosimilitud cualquier papel, ya sea sobre un escenario completamente vacío, ante un decorado hecho de cartón piedra o delante de un croma verde sobre el que más tarde se proyectará una tormenta en medio del océano o una explosión en el espacio exterior. Pero para todas las demás profesiones, el entorno físico en el que desarrollen sus tareas es importante e influye de manera decisiva en el desempeño del trabajador.
Espacios, disposición, mobiliario, decoración y distribución que operan al servicio, no solo de la practicidad, sino, cada vez más, también del compromiso y la identificación con los valores corporativos de una determinada empresa. El estudio «Global Workplace Survey 2025», elaborado por la consultora Gensler tras entrevistar a más de 16.800 trabajadores de oficina pertenecientes a 10 sectores de actividad en 15 países, confirma que el espacio físico influye en el bienestar, el engagement y la satisfacción de los empleados. Algo que viene a confirmar una tendencia iniciada hace años, según la cual, la oficina ha dejado de ser un simple lugar al que las personas «acuden» a realizar su trabajo para convertirse en un trabajador más. Bajo esa visión, los espacios han pasado de actuar como meros continentes o receptáculos de profesionales a hacerlo como una parte fundamental del contenido destinada, entre otras funciones, a aportar valor.
¿Qué voy a leer en este artículo?
Los espacios de trabajo no son ajenos a la evolución de los tiempos y de los usos sociales. Hasta la primera mitad del siglo XX un diseño arquitectónico estándar de las viviendas unifamiliares se articulaba sobre la base de largos pasillos desde los que se accedía a las distintas estancias. Con el tiempo, se consideró que aquellos corredores eran una pérdida innecesaria de espacio y se buscaron soluciones de planta abierta con sistemas de distribución más concentrados, en parte porque las viviendas comenzaron a ser más reducidas y se necesitaba optimizar esos metros cuadrados.
En paralelo, también las oficinas clásicas comenzaron a cambiar de orientación. Los despachos individuales y los cubículos, que separaban a los trabajadores por departamentos o categorías profesionales como si se trataran de silos independientes, dieron paso a grandes espacios abiertos en los que los profesionales conviven e interaccionan de una forma más orgánica y natural. Hoy, el entorno físico se considera un elemento determinante en la llamada experiencia de empleado, es decir, el conjunto de vivencias por las que transita un profesional durante su relación con su empleador.
En su libro «Employer Experience Advantage», Jacob Morgan, cuantifica esa aportación del espacio en al menos el 30% de la experiencia de empleado. ¿Por qué esa importancia? Según este autor, porque a todos nos gusta trabajar en un ambiente que nos insufle energía y nos inspire. Este tipo de espacios, sostiene Morgan, no solo nos ayudan a sentirnos más creativos, comprometidos y conectados con nuestro trabajo, sino que actúan como símbolos que representan a la organización en la que trabajamos y reafirman nuestra decisión de trabajar en ella.
El entorno físico se considera un elemento determinante en la llamada experiencia de empleado.
El debate sobre los espacios cobró fuerza hace unos años, cuando las grandes empresas tecnológicas comenzaron a usarlos como parte de sus estrategias de employer branding y los dieron a conocer al mundo a través de acciones de marketing. De la noche a la mañana, parecía que ninguna compañía que tuviera unas mínimas aspiraciones de impactar en su mercado podría hacerlo a menos que contara con gigantescas plantas diáfanas en las que ubicar a su plantilla y salas anejas equipadas con futbolines que facilitaran el relax de sus integrantes. La proliferación de estos espacios abiertos como el epítome de la oficina moderna que fomenta la colaboración y favorece la integración del empleado fue tal que llegó a rozar la obsesión.
Algunos estudios, sin embargo, también advirtieron de sus efectos negativos. Gary Evans y Dana Johnson, psicólogos organizacionales de la Universidad de Cornell (USA), concluyeron, por ejemplo, que las oficinas abiertas eran mucho más ruidosas, una circunstancia que provocaba interrupciones en el trabajo, desconexiones de atención y mayores niveles de estrés en los trabajadores. En cualquier caso, estas fórmulas pueden ser excelentes para algunas empresas, pero no para todas. La clave del espacio de trabajo no está en que responda a una moda, sino en que se ajuste con coherencia y precisión a los valores, identidad, necesidades y características de una determinada firma. La sede de un bufete de abogados especializado en Derecho Civil y Mercantil no debería tener el mismo diseño y aspecto que la de una startup tecnológica de reciente creación, ni esta última la de un estudio de arquitectura o un periódico digital.
La clave del espacio de trabajo no está en que responda a una moda, sino en que se ajuste con coherencia y precisión a los valores, identidad, necesidades y características de una determinada firma.
Los entornos físicos flexibles y con variedad de espacios mejoran tanto el trabajo individual como el colectivo, y que en ellos los trabajadores son 2,5 veces más productivos.
También lo hicieron elementos relacionados con el mobiliario de trabajo como mesas y sillas ergonómicas y ajustables en altura e inclinación, elementos móviles como pantallas de proyección para reuniones y videoconferencias o puestos de trabajo libres y preparados para plug&play se han consolidado como alternativas flexibles en las que el espacio de trabajo ya no se posee, sino que se comparte y se adapta según las necesidades. Las últimas tendencias apuntan, precisamente, a que la clave está en la flexibilidad.
Una oficina es un lugar en el que se pueden realizar diversas tareas y tipos de interacción: trabajo individual, colaboración física, colaboración virtual, socialización, aprendizaje… Y cada una de esas alternativas requiere de unos espacios adecuados para su ejecución. Entre los principales hallazgos del citado estudio «Global Workplace Survey 2025», sus autores concluyen que los entornos físicos flexibles y con variedad de espacios mejoran tanto el trabajo individual como el colectivo, y que en ellos los trabajadores son 2,5 veces más productivos y hasta tres veces más propensos a quedarse en la empresa. En cualquier caso, si el hábito hace al monje, también lo hace que el monasterio sea y luzca como tal. Porque quienes no somos actores, necesitamos que nuestro escenario parezca real para meternos de verdad en el papel.
Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.