Durante la Edad Arcaica de Grecia, hubo un narrador que formuló algunas de las leyendas que durante siglos nos han servido para aprender lecciones de todo tipo. Esopo, que así se llamaba este creador, recopiló numerosas fábulas en torno al año 600 a.C., en un volumen que más tarde fue versionado por autores como Jean de La Fontaine o, en España, Félix María Samaniego. Una de sus narraciones más conocidas es «La liebre y la tortuga», historia aún hoy muy popular entre los niños y que llevamos escuchando toda la vida en los labios de nuestros padres, profesores o incluso en el cine.
La fábula cuenta cómo una tortuga, cansada de que la veloz liebre se burlase de ella por su lentitud, la retó a una carrera para descubrir quién podía llegar antes a la meta. Confiada en su capacidad natural, la liebre recorrió parte del camino y decidió pararse a descansar, quedándose dormida a la vera de un árbol. Cuál fue su sorpresa cuando, al despertar, la tortuga la había adelantado hasta la meta, ya que, aunque lenta, había seguido avanzando de manera constante en vez de detenerse. Así, la moraleja de la historia nos recuerda el valor del trabajo pausado y bien hecho, así como la importancia de no confiarse demasiado.
¿Qué voy a leer en este artículo?
La idea de que la constancia gana a la fuerza, a la velocidad y a cualquiera cosa que a priori pueda parecer imbatible, aparece con frecuencia en numerosas manifestaciones literarias antiguas y actuales. Ovidio, en sus Epístolas desde el Ponto, acuñó la frase «la gota horada la piedra», y el propio Esopo enseña una lección similar en la fábula «La hormiga y el escarabajo», que a nosotros nos ha llegado como «La cigarra y la hormiga». En esta historia, la previsora y constante hormiga acaba sobreviviendo al invierno gracias a su capacidad de trabajo.
Y es que la experiencia nos demuestra que un pequeño gesto hecho a diario muchas veces tiene más impacto que una gran demostración de talento. Desde un examen preparado la noche antes hasta una reunión planeada sobre la marcha, la improvisación y el exceso de confianza a menudo demuestran ya no menos resultados o productividad, sino menos eficiencia, mayor pérdida de tiempo y energía y, en general, una sensación de nunca estar llegando a tiempo ni haciendo lo suficiente. La improvisación, que no la capacidad de flexibilizar y adaptarse, nos afecta y eleva nuestro estrés, fomentando también la disminución de la atención, tal como le sucedía a la liebre cuando se dormía bajo el árbol.
De poco sirve estar naturalmente dotados física o mentalmente para algo si no trabajamos en ello ni mantenemos la constancia.
La constancia, además de darnos un terreno más seguro en el que movernos, también es una gran maestra, pues nos permite conocer bien el entorno en el que nos encontramos y saber valorar las posibilidades que se abren frente a nosotros. De poco sirve estar naturalmente dotados física o mentalmente para algo si no trabajamos en ello ni mantenemos la constancia; así, filósofos como Aristóteles o Zenón de Citio defendieron la importancia de la paciencia y la constancia para llegar a buen puerto en cualquier empresa.
En un contexto profesional donde la velocidad, la productividad, los resultados inmediatos y la capacidad de adaptación constante son requisitos muy valorados, también es importante aceptar que algunas transformaciones importantes necesitan un ritmo más estable y lento.
Como dice la expresión popular, «Roma no se hizo en un día», y algunos procesos se benefician más de una apuesta por la comprensión, la confianza y la continuidad que de un fogonazo inmediato de resultados. Como en una travesía, mantener el buen rumbo vale más que cualquier viraje extremo.
Un exceso de velocidad puede acabar atrofiando nuestra forma de pensar, afectando a nuestro descanso y, por tanto, a nuestro buen juicio.
Además, en un mundo hiperconectado, el masticar las cosas es más necesario que nunca, ya que un exceso de velocidad puede acabar atrofiando nuestra forma de pensar, afectando a nuestro descanso y, por tanto, a nuestro buen juicio. La neurocientífica María José Rubio explica «la mente se empobrece cuando vive instalada en la sobreestimulación», y defiende que la atención y el pensar las cosas con cierta lentitud es imprescindible para discernir con mayor profundidad.
Porque un trabajo lento no quiere decir un trabajo menos eficiente o menos ambicioso. Recordemos, volviendo a la fábula de Esopo, la propia idea de la carrera nace de la tortuga, quien, harta de las burlas de la liebre, pretende demostrarle que más vale maña que fuerza o, en este caso, constancia que velocidad. El pequeño animal demuestra con su reto que un trabajo hecho a fuego lento no implica inmovilidad o falta de ambición, sino que es una condición necesaria para que los cambios profundos se integren en la cultura de una organización.
Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Oviedo, desarrolla una mirada reflexiva hacia los grandes retos sociales y empresariales en sus artículos. Actualmente es editora en la revista Ethic, donde escribe, entre otras cosas, sobre liderazgo, productividad o transformación social y laboral.