DESTACADOS
- «Desde un punto de vista psicológico, lo nudge trata de ayudar al cerebro a tomar decisiones, para lo cual sigue sus mismos patrones de funcionamiento»
- «La disposición de espacios o la elección del mobiliario pueden favorecer determinados comportamientos en los trabajadores»
Desde el principio de los tiempos, los humanos se han esforzado en tratar de que otros humanos se comporten de una manera determinada, hagan lo que los primeros quieren y renuncien a hacer lo que no quieren que hagan. Ese empeño permanente por dirigir la conducta ajena se extiende a todo tipo de contextos (social, político, religioso, laboral, familiar) y puede obedecer a motivos muy nobles como el bien común, la convivencia o la justicia, o motivos no tan nobles como el poder, el control o el beneficio propio. Esto se traduce en manifestaciones de distinta índole: leyes y normas, premios y castigos, técnicas de negociación, diplomacia, persuasión… pero también en forma de peticiones directas que dejan al interpelado mayor o menor margen de libertad para acatar su cumplimiento, desde las más leves sugerencias o advertencias, hasta las órdenes o prohibiciones más taxativas.
Estas estrategias han ido evolucionando con el tiempo y ganando en sofisticación en consonancia con los avances sociales. En general, en las sociedades avanzadas actuales se tiende a huir de la mera imposición, ya que se considera mucho más efectivo que las personas accedan voluntariamente a seguir la conducta deseada y la hagan suya, no por obligación sino por convencimiento. En el plano laboral, las últimas corrientes en liderazgo también tratan de dejar atrás una tradición jerárquica del «ordeno y mando» muy arraigada en la cultura empresarial para abrazar una manera más democrática y sutil de hacer las cosas. Una de las últimas expresiones de ese intento por inducir las normas conductuales es la filosofía nudge.
¿Qué voy a leer en este artículo?
El término inglés nudge podría traducirse como «empujón suave» o «codazo leve», lo que ya da una idea bastante precisa de por dónde se mueven sus bases teóricas. Lo nudge no impone, no ordena, no da instrucciones, pero tampoco deja completamente al libre albedrío de sus destinatarios sus decisiones de comportamiento, sino que les imprime un suave empujón psicológico en una determinada dirección.
El concepto nace en un libro, Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness (2008), escrito por el economista conductual Richard H. Thaler y el jurista y académico Cass R. Sunstein. Estos autores norteamericanos defienden la tesis de que las personas son capaces de tomar sus propias decisiones, si bien no siempre lo hacen de manera racional ni acertada. Por esa razón, proponen un «paternalismo libertario» que, si bien deja al individuo la última palabra para decantarse por una multiplicidad de opciones, les orienta suavemente hacia las más convenientes.
Lo nudge no impone, no ordena, no da instrucciones, sino que imprime un suave empujón psicológico en una determinada dirección.
Desde un punto de vista psicológico, lo nudge trata de ayudar al cerebro a tomar decisiones, para lo cual sigue sus mismos patrones de funcionamiento. En general, nuestra mente no es un órgano al que le guste complicarse mucho la vida. Por esa razón, la opción más sencilla será siempre, salvo que sea claramente contraria a nuestras convicciones, una de las primeras a considerar. A este rasgo se le llama a sesgo del statu quo o de la inercia, y es el que hace que, por ejemplo, la donación de órganos sea más frecuente en aquellos países en los que esa opción viene ya legalmente marcada por defecto que en aquellos otros en los que hay que elegir de manera expresa.
Lo nudge trata de ayudar al cerebro a tomar decisiones, para lo cual sigue sus mismos patrones de funcionamiento.
Las técnicas nudge están muy extendidas en muchos órdenes de la vida. La domiciliación bancaria, la compra a un solo clic o la inscripción automática en un servicio de internet son ejemplos de cómo esta filosofía impregna nuestros hábitos cotidianos sin que ni siquiera seamos conscientes de ello. Un ejemplo muy interesante de “nudge” lo encontramos en una iniciativa que se llevó a cabo hace unos años en una estación de metro de Estocolmo. Sus gestores querían estimular el ejercicio físico de los ciudadanos haciendo que utilizaran las escaleras convencionales en lugar de las automáticas. Para ello, pintaron los escalones como si se trataran de las teclas de un piano. Un ingenioso mecanismo hacía que, de hecho, los escalones sonaran cuando se pisaba sobre ellos. Con ello, se usaba la gamificación y el sentido lúdico de las personas para lograr el efecto deseado.
En los ámbitos laborales la disposición de espacios o la elección del mobiliario pueden favorecer determinados comportamientos en los trabajadores. Por ejemplo, establecer áreas específicas destinadas al descanso y el relax pueden hacer que los empleados restablezcan su equilibrio físico y mental y eviten el temido «burnout». Otro pequeño truco en clave nudge consiste en disponer mesas altas sin asientos en las zonas comunes, lo que favorece que los empleados se levanten de sus sillas y hagan las siempre necesarias pausas activas en su jornada al tiempo que interaccionan entre ellos en reuniones espontáneas.
La disposición de espacios o la elección del mobiliario pueden favorecer determinados comportamientos en los trabajadores.
Pero esta forma de entender el cambio no depende solo de las personas. En este sentido, la mentalidad líquida encuentra su reflejo más tangible en los llamados espacios líquidos de trabajo, diseñados no en función de estructuras rígidas, sino de las necesidades reales de las personas y de cada tarea. Como exploramos en este artículo sobre los espacios líquidos de trabajo, estos entornos evolucionan a lo largo del día, ofreciendo lugares para concentrarse, colaborar o desconectar según el momento. Lejos de imponer una única manera de trabajar, proponen algo más relevante: entender que no existe una fórmula universal. Cuando el entorno se ajusta a quienes lo habitan, la adaptación deja de ser un reto individual para convertirse en una cultura compartida.
A la filosofía nudge no le faltan detractores. Hay quien piensa que es paternalista, una condición que los propios autores de la teoría reconocen abiertamente. Y aunque Thaler y Sunstein hablan de «paternalismo libertario», porque en el fondo el individuo conserva la posibilidad de escoger el camino que mejor le parezca, el hecho de que fuerzas «intelectualmente superiores» traten de llevar a las personas por un determinado camino parece indicar que en el fondo no se fían de su criterio para que lo sigan por su propia iniciativa, lo que podría interpretarse como una forma control revestida de modernidad.
Otra crítica que recibe esta doctrina es que la distancia que la separa de la simple manipulación es muy corta. Al fin y al cabo, cualquier nudge bien diseñado se apoya en la explotación de determinados sesgos y principios psicológicos para su éxito. Sesgos como el ya visto de la inercia o el de prominencia, en virtud del cual las personas solemos decantarnos por la opción que más destaca a simple vista. En ese sentido, un nudge muy efectivo cuando se trata de impulsar hábitos saludables es el de situar la fruta en las primeras posiciones de un bufet y a la altura de los ojos. Para sus defensores, en cambio, no hay nada de malo en ese pequeño empujón, que, desde luego, es mucho mejor que la imposición pura y dura. Por esa razón, para que un nudge sea realmente efectivo debe fundamentarse en la transparencia. Porque la vida ya es lo bastante complicada como para renunciar a recibir un poco de ayuda.
Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.