“No está en las estrellas sostener nuestro destino, sino en nosotros mismos,” escribió Shakespeare en una de sus obras inmortales. Y parece que ese fue el pensamiento y el sentimiento que guiaron a Claudia Montenegro a dar un volantazo vital en un momento en el que muchas vidas parecen seguir ya un surco prefijado.
Claudia se crio en los Andes, y fue allí donde se fue dibujando ese camino familiar para tantas mujeres: “Yo salí del colegio, no estudié porque yo me crie con mi abuelita, no teníamos los medios para estudiar”. Luego llegó la boda, la crianza de tres hijos. La sensación de que la vida era eso, que no podía ser otra cosa. Y un día, en 2019, cuando ya había cumplido cuarenta años, un anuncio en Facebook de “un curso de tabiquería” llamó su atención. Sería solo una semana. ¿Qué podía perder?
Y claro, al final no solo no perdió, sino que ganó una nueva vida. Esta es una conversación con Claudia, la primera mujer en entrar en el proyecto de la Sala Cuna del Hospital Provincial de Marga Marga, como parte de un equipo de construcción pionero en Chile compuesto íntegramente por mujeres y que hoy enseña a otras mujeres a recorrer esa misma senda.
Hablamos con ella de todo lo que ha ganado y del viaje que la llevó desde una aldea en los Andes a trabajar en una multinacional. Un viaje para el que salió “con una maleta llena de miedos, pero con esperanza”, como ella misma expresa de forma sencilla y poderosa, y que la ha llevado mucho más lejos de lo que pudo soñar.
Claudia nos atiende desde la ciudad chilena de La Serena donde lidera un equipo de mujeres que están trabajando en la construcción de otro centro hospitalario. Nos habla con la veteranía de quien participó en ese proyecto ya histórico del hospital de Marga Marga. “Ahora mismo hay cinco chicas conmigo de las veintidós que se formaron en Marga Marga. Hay una en mantención, que supervisa toda la parte de electricidad, la otra chica está en instalaciones colectivas que supervisan cuerdas de seguridad y caídas de altura, y luego hay tres que están conmigo”.
Su trayectoria ya se encuentra tan consolidada que muchas de las mujeres que trabajan a su lado ya están emprendiendo nuevos caminos profesionales. A veces, cuando están formadas, llega el momento del reemplazo para que otras recién llegadas, como ella lo fue una vez, también puedan aprender: “Sí, les digo: ‘Me cuesta que ustedes se vayan de donde están conmigo y entregársela a otras personas, pero yo sería egoísta de tenerlas acá conmigo porque sé que tienen otros potenciales.” Es algo que veremos más adelante, su paso de aprendiz a formadora, pero lo primero es entender de dónde viene y lo que la trajo hasta aquí.
Me sorprende haber visto a tantas mujeres aquí buscando una oportunidad… ¿Qué tal si algún día nos dan la oportunidad de construir un edificio?
Claudia, tal como nos cuenta al comienzo de la conversación, es oriunda de la quinta región de los Andes chilenos, en Valparaíso. “A los veinte años me casé y me vine a vivir a Quilpué, que también es Valparaíso. Tengo tres hijos y me dediqué al 100% a ser mamá, 24/7, y me dejé un poquito de lado”, explica. También tuvo que cuidar de un hijo con problemas médicos, así que tenía que desplazarse con él para los exámenes semanalmente. “Ninguna empresa te da permiso para faltar días entre semana de esa forma”.
Años después llegó lo que denomina una “crisis existencial”. Fue entonces, en el año 2019, cuando se cruzó con un “curso de tabiquería”. A ella no le atraía especialmente la construcción, “ni tomar un martillo en casa”. Claudia desconocía la empresa que había detrás, pero se decidió a probar suerte. “Cuando empecé me llamó la atención que había muchas mujeres, demasiadas mujeres. Éramos, de sesenta personas, cuarenta mujeres. Pero me gustó, el trato era muy humano.”
El día de la entrega de la certificación del curso uno de los representantes de SENCE, el organismo a cargo de la formación, la abordó y para su sorpresa, le preguntó “Oye, Claudia, ¿tú podrías dar un discurso?”. Y ahí, sin apenas tiempo improvisó unas palabras: “Me sorprende haber visto a tantas mujeres aquí buscando una oportunidad… ¿Qué tal si algún día nos dan la oportunidad de construir un edificio?”. Y añade: “Aquello lo dije sin saber que había un responsable de Recursos Humanos y el gerente del hospital de Marga Marga de ACCIONA”. Sin saberlo, los engranajes se habían puesto en marcha.
Algunos meses después, ya en plena pandemia, cuando se había olvidado del curso, recibió una llamada inesperada. “Me preguntaron si había hecho un curso de prevención de riesgos laborales y les dije que no”. Claudia aprovechó para mencionar que ella había sido la responsable del discurso el día de la certificación. ¿Quién se iba a acordar de las palabras de una “dueña de casa sin importancia’”, tal como ella se describe? Pero no podía estar más equivocada. “Sí, lo sabemos. A ti te andaba buscando”, le dijo la voz al otro lado del teléfono. Y otra frase más: “ACCIONA quiere trabajar contigo”.
A las dos semanas la llamaron de nuevo, esta vez, de ACCIONA. “Queremos hablar contigo para un proyecto”, oyó decir. “Si yo no tengo nada, no tengo estudios, si yo salí del colegio y ya me casé”, exclamó. “Ven mañana con tu curriculum y nos explicas lo que has hecho”, prosiguió la voz. Allí supo del proyecto de Marga Marga. “Y allí me enamoré de la construcción”, dice sonriendo.
Mi hija el otro día me comentó que había dicho a sus amigos que yo trabajo en el hospital y no la creían porque ‘las mujeres no trabajan en la construcción’. Y cuando ven lo que hago la creen. Y así van cambiando las visiones.
¿Qué le costó más de toda aquella transición? “Pues dejar mi casa, que los chicos supieran que si me iba la casa no se iba a derrumbar… Luego me di cuenta de que la que más apegada estaba a la casa y los hijos era yo”, reflexiona. “Tuve que decirles a mis hijos que ellos ya podían y que ahora tenía que empezar lo mío”.
Nos habla de sus hijos, dos chicos y una chica, de cómo vieron su evolución. ¿Qué pensó su hija concretamente? “Mi hija está orgullosa, está feliz, le cuenta a todo el mundo dónde trabajo. El otro día me comentó que había dicho a sus amigos que yo trabajo en el hospital y no la creían porque ‘las mujeres no trabajan en la construcción’. Y cuando ven lo que hago la creen. Y así van cambiando las visiones. Si desde chiquitos ven que uno puede, ellos también creen que pueden”.
¿Y tuvo dudas? “Claro que hubo miedo al principio. Cuando veía los planos al principio, veía acero por todas partes, no entendía nada. Un día me senté en el auto y me puse a llorar, pero luego me daba ánimos a mí misma y me decía: ‘Vamos, que se puede”. Y pudo.
Todas las empresas que empezasen a trabajar con ACCIONA tenían que llevar a mujeres en su subcontrato.
A partir de ahí, llegaron más mujeres, hasta cien, ya que “todas las empresas que empezasen a trabajar con ACCIONA tenían que llevar a mujeres en su subcontrato”. Y no ya solo para trabajar en el enfierrado, sino también tabiquería, instalaciones eléctricas, tuberías… “Al final todo el proyecto estaba invadido por mujeres”, dice entre risas. Y nos resume, ya hablando desde su posición actual: “Yo lo único que quiero ahora es que esto no se acabe, que vengan más mujeres”.
Tras dos meses de espera, le llegó el turno de bajar a la obra. “Te toca bajar a terreno, a enfierradura”, dice empleando el término que se usa en Chile para el encofrado. “Al principio algunos compañeros de otras subcontratas me decían que me apartase, que era peligroso”, pero yo les respondía: ‘‘no, yo vengo a aprender”. Fue la primera mujer en llegar, pero ahí ya supo que se iba a capacitar a más chicas.
“Al mes ingresaron seis chicas más que fueron parte de mi equipo hasta el final de la enfierradura”. Explica que se enamoró de esa parte de la obra porque es “lo que no se ve, es el corazón de la construcción. Es un arte. Cuando ves una casa no ves que el fierro va de diferentes formas, con estribos… Nadie ve esa parte, pero sin eso un edificio no se puede sostener”. ¿Puede que sea un poco como ese papel crucial de la mujer que muchas veces pasa desapercibido en la sociedad? “Yo creo que sí”, asiente.
Siempre me gustaron las mariposas y no sabía por qué, pero recién me vine a dar cuenta trabajando en ACCIONA que yo era una mariposa, pero que hacía falta que me despegaran las alas.
Y hace una reflexión más amplia: “Siempre me gustaron las mariposas y no sabía por qué, pero recién me vine a dar cuenta trabajando en ACCIONA, que yo era una mariposa, pero que hacía falta que me despegaran las alas, que alguien te saque de ese capullo de tu zona de confort para que puedas echar a volar y buscar tus sueños. Es lo que nos pasa a muchas, que estamos en un sistema, ya sea por cuidar a los hijos o no poder estudiar, y no nos damos cuenta de nuestras capacidades. Pienso en cómo yo elegí ese curso para salir de una depresión, para salir de mi casa y la vida me cambió por completo. Es una metamorfosis”.
Hablando de volar, llegó el mes de diciembre y volvieron a hablar con ella. Aquí no puede evitar emocionarse: “Me dijeron que querían ofrecerme estudiar”. Concretamente, le dieron a elegir entre construcción civil o técnico en construcción. Eligió la primera opción, pero no supo nada más. “Pensaba que se habían olvidado, pero cuando se enteraron de que no me había matriculado yo misma, se encargaron ellos. La empresa apostó por mí. Eso no tiene nombre, es algo que te llena de orgullo. Te llena el alma que nos dieran la oportunidad de estar donde estamos, a mí a y a mis compañeras”.
Me dijeron que querían ofrecerme estudiar… Pensaba que se habían olvidado, pero cuando se enteraron de que no me había matriculado yo misma, se encargaron ellos. La empresa apostó por mí.
Aquí habla sobre las barreras, y no ya tanto ajenas, sino las propias: “No solo era estudiar, sino también trabajar y ser ama de casa. Si te dicen que no se puede, no es verdad, claro que se puede. Uno siempre puede hacerlo. Y a veces te cansas o te frustras, pero si tienes un buen equipo detrás es un pilar. Y el equipo de la Sala Cuna formó una bonita familia, todas remábamos para el mismo lado”.
No siempre era fácil. “Había compañeros de las subcontratas, en ACCIONA no pasaba, que eran un poco más machistas y la primera vez que nos vieron decían que deberíamos irnos a casa. Hasta que un día se dieron cuenta de que podíamos y empezaron a enseñarnos. Y ya fuimos como uno más”. Dice Claudia que se ellas acercaron con humildad: “Les dijimos que ellos llevaban años en la construcción y que nosotras veníamos a aprender y a sumar, que era como un matrimonio al 50 %”.
Trabajaba hasta las 6:00 de la tarde y desde las 7:00 a las 10:30 u 11 de la noche, estudiaba presencialmente. Para mí era un mundo nuevo, pero lo iba a asociando a lo que vivía día a día en la obra.
Y así, ladrillo a ladrillo, comenzaron a levantar la sala cuna un día tras otro, primero venciendo temores propios y después recelos ajenos. Mientras tanto, Claudia seguía formándose. “Yo trabajaba hasta las 6:00 de la tarde y desde las 7:00 a las 10:30 u 11 de la noche, estudiaba presencialmente. Para mí era un mundo nuevo, pero lo iba a asociando a lo que vivía día a día en la obra”.
Esta es una historia de crecimiento personal y profesional porque, en paralelo a aquellas clases nocturnas, Claudia también fue ascendiendo en el escalafón. “Empecé como jornal y luego ya pasé a maestra, y ya terminé el edificio como capataz. Al principio lo veía todo desde un enfoque chiquitito, pero luego se amplió; ya tenías que ver todas las partidas, todo lo que pasaba. Fue un salto grande. De los 40 a los 45 años he conseguido muchas cosas”, reflexiona.
Nosotras empezamos el proyecto desde cero y lo terminamos completo. Hicimos tabiquería, porcelanato, enfierradura, hormigón…
¿Y en qué partes de la obra intervinieron ella y su equipo de mujeres? “Nosotras empezamos el proyecto desde cero y lo terminamos completo. Hicimos tabiquería, porcelanato, enfierradura, hormigón… Lo único que no hicimos fue la electricidad, porque había una chica aparte que también era de ACCIONA, pero trabajaba en el edificio allá, pero todo lo que era obra gruesa y obra fina lo hicimos. Desde caucho en los patios, puertas, vidrios, ventanas…”. Hace una pausa y sonríe de oreja a oreja: “¡Es más bien qué no hicimos! Todo lo que había que aprender lo aprendimos”.
Nuestra entrevistada reflexiona aquí sobre el papel de ACCIONA en todo aquello: “Tuve el apoyo de ACCIONA en todo, codo a codo. Si necesitaba cualquier cosa, me la daban. Me llamaba la atención que hubiese ese confort, ese gran apoyo, esa preocupación de que todo salga bien y sentir que estuviesen preocupados por las mujeres. Es algo que generalmente no ocurre: que una empresa te dé las posibilidades de estudiar”.
Tuve el apoyo de ACCIONA en todo, codo a codo. Si necesitaba cualquier cosa, me la daban. Me llamaba la atención que hubiese ese confort, ese gran apoyo, esa preocupación de que todo salga bien y sentir que estuviesen preocupados por las mujeres. Es algo que generalmente no ocurre: que una empresa te dé las posibilidades de estudiar.
Ese proceso ha ido desarrollándose hasta tal punto que Claudia empieza a tomar perspectiva y presencia la llegada de nuevas generaciones de mujeres que toman su misma senda. “Ahora acá, por ejemplo, se están capacitando las 10 o 12 chicas que están yendo a un curso, al INACAP, las están capacitando para capataz y desempeñarse en obras. Y esas chicas también empezaron igual que yo....
Ese abanico de capacidades es algo que ejemplifica la diversidad de perfiles reclutados para la obra. “Aquí la más pequeña tiene 20 años y la mayor 65, cada una tiene un trabajo a su medida. Tienes que ver las cualidades de cada persona. Hay que ser un poco psicóloga”.
Acoger a esas mujeres se ha convertido en una misión para Claudia. “El otro día me llamó una por teléfono y mi hija me dijo que no le parecía bien porque era domingo y yo tenía que descansar, pero le respondí que el día de mañana esa chica podría estar mejor y trabajar mejor. También te sientes reflejada en cada historia”.
Ese proceso de trabajo y adaptación no siempre es fácil. Claudia alude aquí también a las exigencias físicas, a las agujetas: “Algunas chicas me dicen: ‘Ay, me duele la pierna’, y yo les respondo: ‘Te va a doler hoy, mañana, pasado, pero sigue, no bajes los brazos, te va a doler el cuerpo, te vas a decir que quieres abandonar, pero no bajes los brazos. Si quieres conseguirlo, puedes, da igual tu clase social o de dónde vengas’". Y comenta el cambio físico de muchas de ellas, que “echan músculos. Lo primero que te salen son cuádriceps”.
Nos habla un poco de la transición a su trabajo actual en la Sala Cuna del hospital de La Serena: “Fue un salto súper rápido porque yo terminé el 15 de mayo. El 16 de mayo entregamos la cuna. Ya unos días antes, como el 5 de mayo, me dijeron: ‘Claudia, te presentas el 2 de junio en La Serena’. En ese momento piensas que no lo hiciste mal. Te llena de orgullo saber que un proyecto lo terminaste y vas a continuar con otro porque tu labor no fue mala. Se lo ofrecieron a todo el equipo, pero algunas no pudieron venir”.
Te llena de orgullo saber que un proyecto lo terminaste y vas a continuar con otro porque tu labor no fue mala.
Así, uno de los aspectos en los que más incide Claudia es en la responsabilidad compartida. “Yo siempre les hablo, por ejemplo, eso de que al final lo que estamos haciendo nosotros es un trabajo en equipo, que todas tenemos que remar para el mismo lado. Yo siempre les digo: ‘Si algo les pasa, yo estoy para defenderlas, ustedes no se enfrasquen en discusiones ni nada, por algo somos un equipo”.
Esa comprensión, insiste, es crucial para afrontar el proceso de crecer y equivocarse. “Por ejemplo, antiguamente cuando recién empezamos tenía algunas señoras que se equivocaban en hacer alguna faena, que era lo más lógico, porque estábamos recién empezando y había que desarmarlo todo. Pero no es que ella se equivocó. No, ella no se equivocó. Nos equivocamos todas porque todas trabajábamos en equipo”. Y sentencia: “Siempre los errores se cometen en equipo y las felicitaciones se le dan el grupo completo”. Es una frase que nos recuerda a lo que nos decía Génesis Loyola, otra pionera de ACCIONA, esta vez en el sector de la energía.
También aquí señala el estilo de trabajo que distinguía a ese equipo femenino. A veces parecía que ellas se demoraban más o que rendían menos, pero pronto comprendió algo: “Nos dimos cuenta de que a veces nos demorábamos más, pero retrocedíamos menos. El hombre a veces trabaja, trabaja, trabaja y se equivocó y tiene que retroceder. En cambio, nosotras, aunque los primeros meses estábamos en etapa de aprendizaje y nos demorábamos porque había que hacer la enfierradura y todo, cuando ya lo dominamos entregábamos un trabajo bien hecho que no tenían que devolvernos. Las mujeres suelen ser más metódicas”.
Nos dimos cuenta de que a veces nos demorábamos más, pero retrocedíamos menos
Después de cinco años, Claudia ya está en disposición de mirar atrás y de recapitular por un momento. Lo hace a través de una anécdota. “Todavía la prevencionista que quedó allá me manda fotos y me dice: ‘Mira Claudia, aquí está tu bebé, estoy con tu hijo’". El bebé, por si alguien no lo ha adivinado, es la Sala Cuna de Marga Marga.
“Yo se las muestro a seis compañeras que vienen de Marga Marga conmigo, que se vinieron desde allá. ‘Chiquillas, me mandaron una foto, me mandaron un vídeo…’. Es algo que lo vimos crecer desde cero, pusimos los pilares o la enfierradura. Es algo que es de nosotras, es parte de nosotras. Es un proyecto que lo vivimos en carne propia, con lluvia, viento frío, calor, pero era de nosotras”.
La Sala Cuna de Marga Marga es un proyecto que lo vivimos en carne propia, con lluvia, viento frío, calor, pero era de nosotras.
Y prosigue: “Es un orgullo que uno no sabe explicar cuando vimos el edificio terminado, una emoción gigante. Yo no sé si han tenido la oportunidad y si pueden tener la oportunidad de ver cómo quedó la cuna. Quedó hermosa. Nosotras tuvimos la posibilidad de implementarla, porque llegaron las cunas, llegaron los coches, las mesas mientras nosotros estábamos ahí. Nosotras la dejamos implementada y costó salir, costó soltarla”. Al final Claudia logró soltarla y, tanto es así, que ya imagina nuevas experiencias, quizá en el sector de la energía eólica.
Si nos estás leyendo y aún no has visto lo que hizo Claudia y otras mujeres como ella con sus propias manos, es un buen momento para que aceptes su invitación y veas el fruto de su trabajo en este reportaje sobre Marga Marga. Hoy ese hospital acoge las vidas de niños que vienen al mundo. Y también sirve como recordatorio de que, tal como le sucedió a ella, nada está escrito y que nunca es tarde para transformarnos, para encontrar nuevas salidas, especialmente si alguien nos tiende la mano para lograrlo.