¿Qué nos pueden enseñar las abejas sobre trabajar en equipo e inteligencia colectiva?

La inteligencia colectiva de las abejas ofrece una lección para las empresas: colaborar, diversificar talentos y compartir propósito permite construir equipos más cohesionados y llegar más lejos juntos.

«Si quieres llegar rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado». Este conocido refrán sale frecuentemente a colación cuando se quieren exaltar las virtudes del trabajo en equipo. Sin embargo, en unas sociedades contemporáneas en las que, como han resaltado multitud de autores, desde David Riesman, hasta Ulrich Beck, hay cada vez menos conciencia colectiva y, en cambio, priman el individualismo, el consumismo, o la cultura del éxito personal, no todo el mundo está preparado para trabajar bien en compañía de otros.

 

Para recuperar esa senda de la colaboración entre individuos en torno a un objetivo compartido no hace falta sumergirse en sofisticadas teorías sociológicas o de management. Basta con mirar hacia la naturaleza y observar el comportamiento de algunos animales sociales como los leones, los lobos, las orcas o los elefantes cuando actúan en grupo. O, mejor todavía, en el de las indiscutibles catedráticas y virtuosas del trabajo colectivo en el reino animal, área en la que destacan por encima incluso del ser humano: hormigas, termitas, avispas y abejas.

 

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

Estos pequeños insectos poseen un tipo de inteligencia, denominada inteligencia colectiva o de enjambre, que les permite funcionar de facto como un único individuo. Como si se trataran de los diferentes órganos de un mismo ser, cada individuo de la colonia sabe perfectamente cuál es su función en la misma y la ejecuta con ejemplar dedicación de manera perfectamente coordinada con sus congéneres. El resultado es sencillamente asombroso: grandes obras de ingeniería, desplazamientos masivos de individuos, labores de recogida y almacenaje de alimento para toda la comunidad o estrategias defensivas frente a amenazas externas llevadas a cabo por un ejército de infatigables trabajadores cooperando juntos con la precisión de un ordenador.

 

La ciencia lleva más de un siglo fascinada por esta capacidad de trabajo colectivo que demuestran las abejas. Según el profesor Len Fisher, autor de El enjambre perfecto, la inteligencia colectiva se describe como una conducta que emerge de un grupo de insectos sociales que viven en colonias, sigue reglas simples y no necesita supervisión. Para este autor, la conducta de enjambre se convierte en inteligencia colectiva cuando el grupo la emplea para resolver colectivamente un problema que sus miembros no podrían haber resuelto de forma individual. 

La ciencia lleva más de un siglo fascinada por esta capacidad de trabajo colectivo que demuestran las abejas.

Las claves para que el sistema funcione son, por tanto, unas reglas sencillas y un sistema colaborativo descentralizado, lo que permite que los individuos asuman su rol en el grupo sin necesidad de un liderazgo claro que dirija las operaciones. Ese autoliderazgo coordinado y colaborativo, requiere de una diversidad de perfiles y capacidades individuales por parte de los individuos. En el caso de las abejas, la diversidad se manifiesta en la existencia de tres tipos de individuos: obreras, zánganos y reinas. 

Por lo que se refiere a las capacidades, diferentes estudios han concluido que las abejas compensan su limitada capacidad neuronal con unas habilidades sensoriales y cognitivas que hasta hace muy poco se creía solo poseían determinados vertebrados superiores como palomas, delfines o primates. Habilidades como una sucesión del aprendizaje, la categorización de objetos, la identificación de patrones visuales, la formación de conceptos o una forma simple de conteo que las capacita para realizar distintas funciones en la colonia y tomar sus propias decisiones con agilidad, independencia y criterio. 

Algunos avances en Inteligencia Artificial y robótica se están inspirando en las abejas y otras formas de inteligencia colectiva para crear soluciones computacionales más ágiles y ligeras.

El profesor de Biología de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, Thomas Dyer Seeley, ha analizado en profundidad el modelo organizativo de las abejas. Este investigador ha identificado que las abejas obreras son capaces de realizar hasta 17 tareas distintas, agrupadas en cuatro categorías: limpieza de celdas, cría de larvas, almacenamiento de alimento y recolección en el exterior. Uno de los hallazgos más sorprendentes del trabajo de Seeley está en el hecho de que la especialización del trabajo y el reparto de tareas dentro de la colmena se realiza en función de la edad de los individuos. Así, las labores básicas de aseo o limpieza de celdas son asumidas por las obreras más jóvenes (entre 0 y 5 días de edad, los perfiles más «junior» de la organización), mientras que las más sofisticadas de recolección, en las que las abejas deben ser capaces de identificar especies de flores con altas concentraciones de polen y néctar y memorizar su ubicación por medio de claves sensoriales como aromas, colores o tamaños, están reservadas para los individuos más experimentados (a partir de 22 días). 

¿Podría aplicarse la inteligencia colectiva de las abejas al entorno empresarial? Varios indicios invitan a pensar que sí. Una cada vez mayor importancia de la diversidad a la hora de conformar los equipos y de la formación continua, en forma de reskilling y upskilling, para sus miembros son elementos que se alinean bien con ese espíritu de colmena eficiente y capaz.

 

Por otra parte, unos procedimientos y protocolos claros y una organización del trabajo en base a objetivos también pueden acercar a las organizaciones al sistema que tan buenos resultados dan a las abejas.

 

La tecnología es otro factor que puede ayudar a «escalar» el sistema de trabajo de una colmena a una empresa humana. De hecho, algunos avances en Inteligencia Artificial y robótica se están inspirando en las abejas y otras formas de inteligencia colectiva para crear soluciones computacionales más ágiles y ligeras.

 

El compromiso es otra variable clave en la que las abejas parten, de inicio, con ventaja. Toda su existencia está consagrada a contribuir a la supervivencia de la colmena, algo para lo que colaboración y cooperación generosas, hasta el punto del máximo sacrificio personal, entre individuos resultan imprescindibles. Y aunque igualar semejantes niveles de motivación resultaría complejo para una empresa, sí entra dentro de su alcance poner los medios para generar un propósito ilusionante que alinee y de sentido al trabajo de las personas que forman parte de la organización.

 

En la búsqueda de ese reto compartido estará la clave para que las personas desarrollemos ese sentido gregario que tenemos adormecido, y aprendamos a llegar más lejos engarzando nuestros talentos alrededor de un proyecto significativo y un buen trabajo en equipo. 

Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.