En las noticias, en los libros, en los discursos políticos o incluso en las tertulias televisivas. La palabra «humanismo» está presente en muchos ámbitos de nuestra vida, pero puede resultar difícil definir a qué se refiere o cómo podemos aplicarla en nuestro día a día. Y es que el humanismo, más que una filosofía, es un modus vivendi. Cuando, tras la caída del Imperio Bizantino en 1453, los eruditos bizantinos comenzaron a migrar a occidente, particularmente a Italia, se llevaron consigo sus bibliotecas y su conocimiento de la cultura grecolatina. La Edad Media occidental no había dejado hueco a los textos e ideas de autores como Homero, Platón o Aristóteles, pero la ola migratoria bizantina los devolvió a la palestra y puso de actualidad las ideas que occidente había olvidado durante los siglos de oscurantismo medieval. Era el inicio del Renacimiento… Y del humanismo.
¿Qué voy a leer en este artículo?
El humanismo se refiere, en su concepción, al estudio de los textos griegos y latinos antiguos, de los cuales se extraen una serie de enseñanzas vitales que acaban conformando toda una filosofía de vida. No en vano, hoy asistimos a un auténtico boom del humanismo entendido como la lectura y estudio de los grandes clásicos grecolatinos como punto de partida para vivir mejor o, al menos, de acuerdo con los valores que potencian al ser humano, tal como describen autores como Irene Vallejo o Nuccio Ordine.
El humanismo parte de una idea sencilla pero poderosa: el ser humano está en el centro de su propio desarrollo y puede desplegar todo su potencial si conecta conocimiento, creatividad y valores. Asumir las enseñanzas de los clásicos y aprender a aplicarlas en nuestro día a día puede ser la clave que cambie por completo nuestra forma de estar en el mundo y, sobre todo, nuestro propósito.
El humanismo práctico implica que nuestra mirada abarque cada vez más realidades humanas.
Más allá de los libros, el humanismo puede tener una aplicación práctica, a pie de calle, ayudándonos a crecer y mejorar como personas tanto en un ámbito personal como laboral. Pero, al más puro estilo humanista, podemos preguntarnos ¿qué significa «aplicación práctica»? El humanismo práctico no tiene que ver con índices de productividad ni hojas de cálculo de datos, sino con un nuevo punto de vista y una intención de que, con el tiempo, nuestra mirada sea cada vez más amplia y abarque cada vez más realidades humanas. En su manifiesto «La utilidad de lo inútil», Nuccio Ordine afirma que «existen saberes que son fines por sí mismos y que, precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial, pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. En este contexto, considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores».
Conocer a quienes nos rodean, ampliar nuestro punto de vista para comprender el suyo y buscar una armonía es la primera cláusula del humanismo. Si nos vamos al terreno laboral, ver a nuestro equipo de trabajo en toda su complejidad, con todas las aristas e individualidades de cada persona, puede ayudarnos a avanzar y exprimir al máximo sus cualidades. La curiosidad por conocer realidades que no sean la nuestra e incorporarlas a nuestra cosmovisión solo puede traer buenos resultados, tanto en la toma de decisiones como en el devenir del día a día, que se convierte en un proceso de confianza y colaboración y olvida la hostilidad.
«Aunque me hago viejo, mi aprendizaje es continuo», escribió el poeta y estadista Solón de Atenas.
La palabra «proceso» también es importante en este contexto, pues el humanismo es una herramienta de presente continuo: la adaptabilidad y la curiosidad nos permiten ser conscientes de nuestra posición y estar siempre dispuestos a avanzar y mejorar en nuestro camino tanto personal como profesional. «Aunque me hago viejo, mi aprendizaje es continuo», escribió el poeta y estadista Solón de Atenas, resumiendo así la idea de aprendizaje continuado en la que se enraíza el humanismo.
Y es que crecer y avanzar no tienen por qué ser solamente sinónimo de aumentar la productividad, sino de mejorar precisamente esa productividad, aumentar la resiliencia y las posibilidades de continuar en el futuro con la actividad que desarrollamos tal como queremos. Reflexionar sobre nuestra realidad a través de la filosofía o conocer otras vidas mediante la literatura va mucho más allá del entretenimiento o el cultivo del espíritu cultural pues nos ayuda a estar más presentes, a ser conscientes del mundo que nos rodea y con quién lo compartimos. Terencio, poeta y dramaturgo de la Antigüedad clásica, afirmó que «nada de lo humano me es ajeno». Pensar y aplicar esa máxima puede ser un buen punto de partida para mejorar nuestro paso por la vida y por nuestro entorno, incluido el laboral.
Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Oviedo, desarrolla una mirada reflexiva hacia los grandes retos sociales y empresariales en sus artículos. Actualmente es editora en la revista Ethic, donde escribe, entre otras cosas, sobre liderazgo, productividad o transformación social y laboral.