Sentir que nuestro trabajo crea escuela y confianza es uno de los mayores impulsos que podemos tener en el día a día. Sin embargo, ¿qué sucede cuando las expectativas que se ponen (y nos ponemos) sobre nosotros mismos adquieren más peso que las distintas complejidades que nos hacen humanos? Lo que se espera de nosotros puede ser una fuerza que aumente nuestra motivación o, por el contrario, algo que limite nuestro desarrollo profesional, tal como han descrito numerosas teorías de la psicología.
¿Qué voy a leer en este artículo?
En sus Metamorfosis, el poeta romano Ovidio narró el mito de Pigmalión, rey de Chipre, quien durante años había estado buscando una esposa. Tan altas eran sus expectativas que, finalmente, decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear estatuas de mujeres perfectas. Una de esas estatuas era tan bella que Pigmalión se enamoró de ella, con una fuerza tal que la diosa Afrodita acabó dándole vida y transformándola en humana. Galatea, que así se llamaba la estatua devenida mujer, es a menudo utilizada como símbolo del poder de las expectativas y la confianza, ya que el fuerte amor de Pigmalión fue lo que la hizo real.
Es sencillo reconocer este efecto en nuestro día a día: si nuestros compañeros o jefes confían en que podemos hacer algo y nos lo demuestran (ya sea a través de sus palabras o acciones), es mucho más fácil que estemos motivados a hacerlo y, por lo tanto, que lo hagamos bien. Así lo han demostrado psicólogos como Albert Bandura y Victor Vroom. Este último, en su Teoría de la Expectativa, explicó que la expectativa, relacionada íntimamente con la autoeficacia, era uno de los tres componentes clave para conseguir el estado de motivación en el ámbito organizacional. A una mayor motivación, mejores resultados, y a mejores resultados, mayor motivación.
Con un efecto Pigmalión bien orientado, basado en el feedback positivo y un liderazgo que no busque castigar el error sino premiar el acierto, se mejora también el ambiente laboral y la capacidad de aprendizaje. Y es que la confianza es una rueda que no para de girar, tal como expuso el sociólogo Robert K. Merton, quien denominó «efecto Mateo» al hecho de que quien ya posee algo tiene más posibilidades de mantenerlo que el que no lo ha tenido nunca.
El mito de Pigmalión y Galatea es a menudo utilizado como símbolo del poder de las expectativas y la confianza.
Galatea, la Teoría de la Expectativa, Mateo… Estos conceptos psicológicos tienen una característica común: la expectativa, que consiste en formar una imagen del otro que no es del todo real, sino que surge de la idea que, en su mente, uno se ha hecho de los demás. Aunque la expectativa y el pensamiento positivo tienen una fuerza innegable, lo cierto es que si le damos demasiada importancia puede volverse en nuestra contra.
Todo va bien mientras la otra persona tenga un buen rendimiento, pero cuando se produce un fallo o una decepción, llega la frustración y la decepción. De pensar que podemos confiar en el otro pasamos a un miedo constante a que nos vuelva a decepcionar, algo que puede tener un efecto más grave de lo que creemos. El «efecto Golem» habla de cómo las expectativas bajas de nuestros responsables redundan en menos motivación y en un peor rendimiento. Desconfiar de los trabajadores de nuestra organización o de nuestra propia capacidad de trabajo no nos llevará a prestar más atención, sino a todo lo contrario: menor capacidad de resolución, menos ganas de actuar, menos resultados.
Algo así como la profecía autocumplida, término acuñado por el sociólogo Robert K. Merton y que sirve para designar aquellas cosas que suceden porque nosotros mismos las esperamos. Por usar una expresión popular, esta motivación negativa es como tirar piedras sobre nuestro propio tejado.
La profecía autocumplida designa aquellas cosas que suceden porque nosotros mismos las esperamos.
El mito de Pigmalión y Galatea, sin embargo, también representa el peligro de otorgar demasiado peso a las expectativas, aunque estas tengan buena intención: algunas versiones del mito, como el musical My Fair Lady, muestran las consecuencias de proyectar en otra persona una imagen particular, y la decepción inevitable cuando esa persona no se ajusta a lo que esperamos de ella.
Por muy irreprochable que pueda ser la trayectoria de alguien, no debemos olvidar que todo el mundo puede tener un fallo, un mal día o una mala racha. Buscar lo humano en el trabajo también implica aceptar los errores y las disidencias, ya que, de no ser así, corremos el peligro de que la positividad se vuelva tóxica.
Y es que no somos ni Galateas ni Golems, sino seres humanos complejos que necesitamos sentirnos valorados y apoyados, pero sin excesos, teniendo siempre en cuenta que ninguna teoría se aplica al 100% en todo el mundo en todo momento. Es en este equilibrio, tan aristotélico, donde podremos encontrar la clave para una buena motivación en el trabajo.
Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Oviedo, desarrolla una mirada reflexiva hacia los grandes retos sociales y empresariales en sus artículos. Actualmente es editora en la revista Ethic, donde escribe, entre otras cosas, sobre liderazgo, productividad o transformación social y laboral.