«Quiero, debo, tengo...»: cómo hablarte para llegar lejos

Las expresiones cotidianas pesan más de lo que creemos: el lenguaje moldea nuestra mirada y la forma de afrontar la realidad.

Todo el mundo empieza y acaba en el lenguaje. La realidad cambia según la forma en la que la expresemos, una idea especialmente vigente en un mundo hipercomunicado, en el que las palabras y las imágenes lo llenan todo y la necesidad de describir y definirlo todo es constante. Las redes sociales nos invitan a anunciar continuamente nuestros logros y a esconder nuestras sombras, por lo que es habitual que acabemos sintiéndonos insuficientes, que nos fustiguemos por no habernos esforzado más o que nos castiguemos por no haber conseguido lo que queríamos.

 

Esa comparación y frustración acaba llegando al lenguaje, y expresiones tan cotidianas como «está bien pero podría estar mejor» o «para la próxima tengo que organizarme de otra manera» terminan por tener un peso no deseado y unas consecuencias mucho más reales de lo que a priori pueda parecer. Por eso, aprender a hablarnos bien a nosotros mismos se ha convertido en una habilidad a cultivar si queremos llegar lejos… Y llegar bien.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

Ortega y Gasset afirmó que «la vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser». La vocación y la voluntad de conseguir llegar a donde deseamos estar nos mueve en todo lo que hacemos, y marca nuestra vida a nivel personal y, desde luego, a nivel profesional. Sin embargo, una excesiva autoexigencia puede tener un efecto contraproducente sobre nosotros mismos y sobre nuestro desarrollo, perjudicando a nuestro bienestar, a nuestra salud mental y, claro, también a nuestro rendimiento. Por ello, debemos cuidar no solo el fin, sino también el proceso, empezando por algo tan aparentemente sencillo como el lenguaje que empleamos para nombrarlo.

 

Formas de hablar tan habituales como «tengo que» o «debería», versus «me apetece» o «quiero», pueden condicionar cómo estamos y nos movemos por el mundo. La filosofía y la psicología de la motivación han estudiado qué nos lleva a comportarnos como lo hacemos, y sorprende comprobar que la forma en que se nos presentan las cosas tiene que ver, y mucho, con el éxito que obtenemos al afrontarlas. Así, en la segunda mitad del pasado siglo, algunos psicólogos como Abraham Maslow o David McClelland desarrollaron estudios sobre cuáles eran las necesidades humanas primordiales y cómo se podía entrenar la motivación para encontrar una vida plena. Con teorías como la pirámide de las necesidades de Maslow o la división de necesidades de McClelland, la ciencia empezó a indagar en cómo podemos motivar a los demás, pero también a nosotros mismos, a llenar nuestra vida de la manera más satisfactoria posible.

Formas de hablar tan habituales como «tengo que» o «debería», versus «me apetece» o «quiero», pueden condicionar cómo estamos y nos movemos por el mundo.

En el mundo de las redes sociales y la hiperexposición, la comparación constante y la proliferación de contenidos que solo muestran la cara amable de los procesos pueden llevarnos a normalizar una baja autoestima o pensamientos intrusivos como «yo también debería estar ahí» o «algo habré hecho peor que los demás si no tengo esto». Es importante ser conscientes de que no todo lo que vemos es real, y actuar en consecuencia, deteniendo estos pensamientos y reorientándolos a un discurso más benévolo y agradable con nosotros mismos que, además, es probable se ajuste más a la realidad. Como dice la psicóloga Pilar Sordo: «El diálogo interno es una herramienta brutal de autoconocimiento y autocuidado», especialmente en un mundo en que parece que preferimos destacar antes lo negativo que lo positivo.

En un ambiente laboral en el que los trabajadores se sientan motivados y bien tratados facilitará que los empleados tengan un mejor rendimiento y desarrollen habilidades como la capacidad de improvisación y la mentalidad adaptativa, según demuestra un estudio reciente.

 

Un buen liderazgo sabe cómo dirigir el trabajo, pero también cómo tratar a las personas que componen el equipo. El líder humanista es aquel que comprende las distintas realidades con las que trabaja, y trata de hacerse entender y de hacerlas entender a través del diálogo, como si se tratara de un auténtico diálogo platónico. 

Y es que un simple reenfoque de los pensamientos puede cambiar radicalmente nuestro día a día y nuestra productividad. No es lo mismo hacer algo porque lo sentimos como una obligación o por temor a las consecuencias de no hacerlo (motivación negativa) que hacerlo buscando una recompensa positiva, que puede venir de nuestro líder o, en muchas ocasiones, de nosotros mismos (motivación positiva). Si la motivación es positiva, aprenderemos a encontrar el sentido a lo que hacemos no por miedo o buscando una validación externa, sino alineándolo con nuestro propósito y nuestra propia vida, garantizando así una plena satisfacción.

Un simple reenfoque de los pensamientos puede cambiar radicalmente nuestro día a día y nuestra productividad.

Por otro lado, aceptarnos a nosotros mismos, con nuestros errores, y nuestros cambios de rumbo, darnos, en fin, algo de tregua, puede cambiar radicalmente la forma en la que asumimos los imprevistos y aprendemos a seguir adelante. Es tan sencillo como esto: cuando nos pregunta algo para lo que no tenemos respuesta, podemos escoger entre dos posibles respuestas, «debería saberlo, pero no lo sé» o «no lo sé, voy a consultarlo». Apenas unas palabras de diferencia llevan a resultados totalmente opuestos: en la primera respuesta encontramos frustración y pocos resultados; en la segunda, aprendizaje y un camino nuevo hacia el propio desarrollo.

 

Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Oviedo, desarrolla una mirada reflexiva hacia los grandes retos sociales y empresariales en sus artículos. Actualmente es editora en la revista Ethic, donde escribe, entre otras cosas, sobre liderazgo, productividad o transformación social y laboral.