DESTACADOS
- Es importante saber qué funciona mejor para nosotros y potenciarlo, en vez de obcecarnos en métodos que no nos permiten sacar lo mejor que tenemos.
- Debemos aprender a convivir con la ambigüedad y con la incertidumbre.
«Yo soy muy mía, yo me transformo.» Este verso de la canción «Saoko» de Rosalía bien podría aplicarse a los nuevos contextos profesionales, donde la idea de un trabajo mecánico y rígido ha dejado paso a una realidad flexible en la que la evolución es constante, ya sea por las innovaciones tecnológicas, los cambios en nuestra propia vida que nos empujan a buscar una mayor conciliación o los diversos nuevos enfoques que aparecen en campos como el STEM. En este panorama marcado por la transformación permanente, las soft skills o habilidades blandas dejan de ser un mero accesorio para convertirse en elementos fundamentales para el desarrollo profesional. Comunicación, adaptabilidad o liderazgo son algunas de las competencias que, más vinculadas a lo emocional y a lo social que a lo estrictamente productivo, nos permiten gestionar situaciones de todo tipo sin perder de vista la parte humana del asunto.
¿Qué voy a leer en este artículo?
- Aprender a desaprender: clave de la mentalidad adaptativa
- Autoconocimiento y adaptación: aprender de los demás
- Mentalidad líquida: adaptarse al cambio constante
Una de las soft skills que pueden marcar la diferencia para nosotros y para quienes nos rodean es la mentalidad adaptativa, esto es, la capacidad de adaptar nuestras estrategias a los elementos inesperados que nos encontramos, de desencorsetarse y jugar con las cartas que nos dan, que no van a ser siempre las que mejor nos vengan. Una cultura organizativa flexible y abierta al cambio y al aprendizaje, donde nada se da por hecho y todo puede ser matizado, permite aprovechar las oportunidades para crecer de manera más orgánica en entornos complejos.
La mentalidad adaptativa es la capacidad de adaptar nuestras estrategias a los elementos inesperados que nos encontramos.
Aunque algunas personas pueden tener mayor predisposición que otras, las habilidades blandas y la mentalidad adaptativa no surgen de manera innata, sino que deben aprenderse y entrenarse para poder ser realmente útiles. El primer paso es plantearnos qué estrategias de las que estamos utilizando realmente nos sirven y cuáles acaban suponiendo un lastre. Más allá de acumular conocimientos, es conveniente analizarlos para optimizar nuestro rendimiento y desaprender aquellos hábitos, certezas y modelos que ya no funcionan y que nos obligan a comportarnos con una rigidez que acaba rompiéndolo todo. Trabajar el diálogo y la empatía con los demás y conocer otros puntos de vista puede ayudarnos a ampliar nuestros propios horizontes y ver errores de base que, de otra forma, quedarían sin arreglar. En palabras de Albert Einstein, «no podemos resolver nuestros problemas con el mismo pensamiento que utilizamos cuando los creamos». Algo tan sencillo como una conversación con un compañero o asumir una tarea que normalmente hace otra persona puede ser un elemento totalmente revolucionario en nuestro día a día.
Es importante saber qué funciona mejor para nosotros y potenciarlo, en vez de obcecarse en métodos que no nos permiten sacar lo mejor que tenemos.
Por otro lado, además de conocer a los demás, para aprender a adaptarse resulta fundamental el autoconocimiento aplicado a nuestra propia pluralidad: saber qué funciona mejor para nosotros y potenciarlo, en vez de obcecarnos en métodos que no nos permiten sacar lo mejor que tenemos para ofrecer. El psicólogo e investigador de la Universidad de Harvard Howard Gardner desarrolló la teoría de las inteligencias múltiples, según la cual cada uno de nosotros, según nuestro contexto, nuestra formación y nuestra propia personalidad, destacamos en uno u otro campo, sin que eso quiera decir que somos mejores o peores que los demás. Así, donde algunas personas tienen más facilidad para la comunicación, otras la tienen para la creatividad, y otras para el pensamiento lógico.
Gardner identifica hasta doce tipos de inteligencia en el ser humano, presentes en distintos grados pero que pueden ser igualmente desarrolladas y potenciadas de manera individual. Si dejamos de vernos como entes opacos y comprendemos que nuestras habilidades son necesariamente distintas dependiendo de nuestra trayectoria, veremos que el trabajo conjunto de personas con distintos tipos de inteligencia y procedentes de distintos contextos será mucho más provechoso que si solo contemplamos la existencia de una inteligencia absoluta o de un único camino del que no podemos desviarnos. De este modo, buscar siempre aprender de los demás y ser conscientes de nuestras debilidades para poder adaptarlas al mundo se convierte en una fortaleza cuyo poder va mucho más allá de cualquier talento individual o innato.
Debemos aprender a convivir con la ambigüedad y con la incertidumbre.
Quizá la metáfora que mejor explica la mentalidad adaptativa es la de la existencia como agua, desarrollada por el filósofo chino Lao-Tse en su tratado Tao Te Ching. La filosofía del Tao nos propone dejarnos fluir, adaptando nuestra forma a donde debemos llevarla y no al revés. La confianza es clave: dejarnos sorprender por lo que los demás nos pueden aportar y por lo que nosotros mismos podemos llegar a hacer si nos atrevemos a dar el salto. Y, por último, algo vital: aceptar que no podemos controlarlo todo. Convivir con la ambigüedad y con la incertidumbre puede transformar nuestra forma de estar, tanto en la vida como en el trabajo, y darnos, en muchos casos, más satisfacción que pérdida.
La filosofía del Tao nos propone dejarnos fluir, adaptando nuestra forma a donde debemos llevarla y no al revés.
Pero esta forma de entender el cambio no depende solo de las personas. En este sentido, la mentalidad líquida encuentra su reflejo más tangible en los llamados espacios líquidos de trabajo, diseñados no en función de estructuras rígidas, sino de las necesidades reales de las personas y de cada tarea. Como exploramos en este artículo sobre los espacios líquidos de trabajo, estos entornos evolucionan a lo largo del día, ofreciendo lugares para concentrarse, colaborar o desconectar según el momento. Lejos de imponer una única manera de trabajar, proponen algo más relevante: entender que no existe una fórmula universal. Cuando el entorno se ajusta a quienes lo habitan, la adaptación deja de ser un reto individual para convertirse en una cultura compartida.
Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Oviedo, desarrolla una mirada reflexiva hacia los grandes retos sociales y empresariales en sus artículos. Actualmente es editora en la revista Ethic, donde escribe, entre otras cosas, sobre liderazgo, productividad o transformación social y laboral.