El filósofo Aristóteles, discípulo de Platón y, de forma indirecta, de Sócrates, fue uno de los nombres más destacados del pensamiento de la Grecia clásica. Sus reflexiones versaron sobre temas tan dispares como la materia de la que está hecha el mundo, los principios de la poesía y de la política y, cómo no, sobre el comportamiento y lugar del ser humano en el mundo, es decir, la ética y la moral. De entre sus muchas obras, hoy en día nos resulta especialmente relevante su Ética a Nicómaco, un tratado accesible que puso por primera vez sobre la mesa temas que aún nos apelan en el siglo XXI. En este tratado, Aristóteles se dirige de forma didáctica a su propio hijo, Nicómaco, para enseñarle cuáles son las virtudes y obligaciones de un ser humano para vivir en armonía con los demás. Uno de los rasgos que destaca sobre los demás es la capacidad de adquirir y aplicar una suerte de sabiduría práctica, que el pensador denomina «phronesis» o «frónesis».
¿Qué voy a leer en este artículo?
En el libro VI de Ética a Nicómaco, Aristóteles explica la diferencia entre la «sofía», que podemos traducir como «sabiduría» en general, y la «frónesis», que podemos traducir como «prudencia». «La prudencia», explica el pensador, «se refiere a lo que es objeto de deliberación. El que delibera rectamente es el que es capaz de poner la mira razonablemente en lo práctico y lo mejor para el hombre». Así, la frónesis es un tipo de sabiduría que tiene que ver más con la experiencia que con el conocimiento teórico, más con saber lo que cada uno de nosotros necesita en determinado momento que con una verdad absoluta. Es, en suma, «una forma de conocimiento consistente en saber lo que a uno le conviene», tal como concluye el Estagirita.
Según Aristóteles, la frónesis es «una forma de conocimiento consistente en saber lo que a uno le conviene»
Del griego «phronein», «pensar, evaluar, juzgar», Aristóteles define con el término «frónesis» la capacidad de pensar de forma asentada y práctica, más allá de la teoría. La frónesis nos habla de un pensamiento reflexivo y aplicado al entorno, que nos permite actuar con corrección en las diferentes situaciones que se dan en la realidad. Este carácter eminentemente práctico y adaptable hace que, frente a la sofía, la frónesis no se pueda enseñar como una ciencia, o no al menos en su totalidad. Aunque hay una parte que se puede aprender como una habilidad (tekné) a través de la práctica, para alcanzar esta capacidad de entendimiento debemos ser capaces de reflexionar sobre las circunstancias particulares y cambiantes que nos rodean y actuar en consecuencia, siempre desde el conocimiento. El profesor estadounidense Thomas McEvilley, estudioso de la filosofía clásica, propuso traducir «frónesis» como «mente plena» o, en un término muy difundido hoy en día, «mindfulness».
La frónesis nos habla de autoconocimiento, de prudencia y mesura. También de practicidad y de impredecibilidad, dos ideas que están presentes a diario en nuestra vida y en nuestro trabajo. ¿Cuántas veces nos encontramos con una situación que no tiene una única manera de resolverse? ¿Cuántas veces los datos, procesos o metodologías resultan insuficientes ante la realidad compleja de las relaciones humanas?
A través de su filosofía ética, el Estagirita nos invita a afrontar situaciones no medibles en números o tablas a través del arma más poderosa: el pensamiento consciente.
Cuando no es posible aplicar una fórmula que resuelva el problema, debemos detenernos y acudir a nuestra sabiduría práctica para resolver qué conviene hacer en esa situación concreta. Esta prudencia orientada a la acción busca tener en cuenta medidores no cuantificables (como las circunstancias ajenas y los límites de nuestra capacidad de acción) para poder deliberar con criterio antes de actuar.
A través de su filosofía ética, Aristóteles nos invita a afrontar situaciones no medibles a través del pensamiento consciente.
Pero la frónesis no viene con manual de instrucciones, ni implica que haya que ir «por el libro». Lo que el pensador griego defendía es que, para actuar con virtud y conseguir el mejor resultado, es necesario estar lo suficientemente presente en la complejidad de la realidad como para tomar siempre el mejor camino posible, siempre con el intelecto a nuestro lado. Así, ante un imprevisto, no basta con tomar la decisión más obvia o la más rápida: debemos detenernos, respirar, y observar todo lo que rodea a la decisión, desde las circunstancias previas hasta sus consecuencias, pasando por nuestro propio estado en ese momento. Así, es mucho más probable que lleguemos al final correcto.
¿El antónimo de frónesis? La desmesura o «hybris», frecuente compañera en las tragedias de los héroes griegos y que describe la imprudencia de quien actúa sin pensar en las consecuencias, lo que indica necesariamente falta de frónesis. «Para el filósofo griego, el imprudente no es sencillamente quien comete alguno que otro error esporádico, sino el que tiene una falla estructural en su inteligencia práctica», explica el filósofo Alejandro Villamor.
¿Cómo conseguir entonces ejercer esta cualidad en nuestro día a día? No es sencillo, pero tampoco imposible. Primar a las personas y buscar el entendimiento con los demás a través del diálogo puede ser el primer paso, así como reconocer nuestras virtudes y nuestros propios límites. La flexibilidad también es clave, así como la capacidad de adaptación y resistencia a los distintos cambios a los que podemos vernos sometidos. El pánico o las decisiones poco reflexionadas no llevan a ningún lado, mientras que el pensamiento sosegado nos ayuda a mejorar como personas y también como profesionales. Tan importante es la frónesis que su cultivo, según Aristóteles, nos acabará llevando a la más grande de todas las dichas: la «eudaumonía» o «bienestar».
Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Oviedo, desarrolla una mirada reflexiva hacia los grandes retos sociales y empresariales en sus artículos. Actualmente es editora en la revista Ethic, donde escribe, entre otras cosas, sobre liderazgo, productividad o transformación social y laboral.