El entorno que te hace mejor: qué tienen en común los lugares donde la gente crece

Las compañías que saben ejercer como trampolín de desarrollo de su talento interno cuentan con una ventaja competitiva invisible pero decisiva.

¿Qué hace de un lugar un buen lugar? Los primeros asentamientos humanos se levantaron en emplazamientos que ofrecían una combinación de elementos que los hacían especialmente propicios para la vida: en las proximidades de un río, con tierras fértiles alrededor, un clima benigno y una orografía que facilitara su defensa frente a amenazas exteriores. Si se extrapola esa lista de deseos a la esfera profesional, ¿qué hace de una empresa un lugar del que las personas quieran formar parte?

 

Compañías de todos los sectores y tamaños llevan años devanándose los sesos tratando de desentrañar ese misterio, sacando a relucir sus mayores encantos para atraer al mejor talento. ¿El objetivo? Que los profesionales más brillantes quieran desarrollar su carrera en ellas.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

Las técnicas de marca de empleado han indagado en profundidad en esos elementos que hacen de una firma un lugar atractivo para trabajar, midiendo su peso como factores que desencadenan la decisión de un profesional a la hora de firmar por un determinado empleador. En ese hit parade de atributos nunca faltan los clásicos estímulos materiales como salario o beneficios sociales. Pero también entran, con cada vez mayor fuerza, otros más intangibles como el clima laboral o las posibilidades de desarrollo.

 

Según el Randstad Workmonitor 2025, el 72 % de los trabajadores considera que las oportunidades de aprendizaje y desarrollo profesional son importantes tanto para su empleo actual como para su futuro laboral. Las personas son cada vez más conscientes de que el talento no es un don otorgado por gracia divina desde el nacimiento. Porque, aunque exista un potencial y unas condiciones innatas que inclinen a una persona por un determinado camino profesional, estas condiciones «de serie» deben trabajarse a lo largo de toda la vida para que lleguen a cristalizar en verdadera capacidad, en verdadero «talento».

 

Bajo esa premisa, el talento no sería una condición inamovible sino un elemento en permanente evolución que necesita entrenamiento si no quiere quedarse estancado. Por esa razón, las empresas que han sabido comprender esa condición dinámica de su talento interno y que ponen los medios para favorecer su crecimiento cuentan con una enorme ventaja. No solo en términos de capacidad de atracción de los mejores profesionales y generación de compromiso, sino de incremento progresivo de sus propias capacidades y, por tanto, de su competitividad. 

Un entorno que permite ese aprendizaje, que lo estimula y promueve, es un entorno en el que las personas desean estar y permanecer.

Para ser felices, las personas necesitamos sentirnos seguras y apoyadas, y una de las mejores formas que tienen las empresas para conseguir el bienestar profesional es ayudando a sus empleados a alcanzar una versión mejorada de sí mismos. El concepto de aprendizaje continuo o a lo largo de la vida tiene una gran importancia en esa visión. «Hace falta una vida entera para aprender a vivir», decía Séneca en su obra Sobre la brevedad de la vida.

 

Y un entorno que no solo permite ese aprendizaje, sino que lo estimula y promueve es un entorno en el que las personas desean estar y permanecer.

Ese impulso del aprendizaje incluye formación en sentido estricto, tanto en programas de upskilling (para mejorar nuestras actuales competencias, conocimientos y habilidades), como de reskilling  (para incorporar nuevas capacidades). Con esa programación la empresa demuestra una clara apuesta tanto por su propio futuro como por el de sus empleados. Pero también les está lanzando un mensaje muy poderoso: creemos en vosotros y estamos dispuestos a tomar medidas para descubrir hasta dónde vais a ser capaces de llegar. 

Pero aprender es mucho más que asistir a cursos de formación. Un entorno en el que solo es posible mejorar desde un aula difícilmente puede aprovechar todo el potencial del aprendizaje. De hecho, una de las principales y más eficaces fuentes de aprendizaje que existen es el propio trabajo. El learning by doing no solo ha demostrado ser más duradero y presentar mayores niveles de transferencia que el que se puede dar en una formación reglada convencional, sino que tiene la ventaja de que revierte directamente en la productividad empresarial.

 

Para ello, es necesario un entorno propicio de generosa y genuina colaboración entre compañeros y departamentos en el que el intercambio de conocimientos y la mezcla de habilidades confluyan de manera efectiva en la búsqueda del mejor resultado posible. Además, para que sea realmente efectiva, esa colaboración podría extenderse más allá de los límites empresariales, incorporando los inputs procedentes de personas ajenas a la organización, desde otras compañías, hasta asociaciones, emprendedores, profesionales independientes, el entorno académico o los propios clientes y proveedores. Todos ellos formando un ecosistema vivo y diverso orientado a la experimentación y a la mejora continua. 

Los profesionales necesitan sentir que trabajan en un entorno seguro, respetuoso y hasta, por qué no, divertido.

Un buen clima laboral y un liderazgo inspirador ponen la guinda a esa receta del crecimiento personal y profesional. Los profesionales necesitan sentir que trabajan en un entorno seguro, respetuoso y hasta, por qué no, divertido. Un clima en el que desde los mandos se aliente la curiosidad y se fomente la iniciativa como palancas de innovación. Incluso cuando esa iniciativa no da los resultados esperados. El error es, de hecho, otra de las principales vías de aprendizaje que existen.

Para que puedan extraerse esos aprendizajes, es recomendable que las organizaciones faciliten la identificación, el análisis y la corrección de errores con el objetivo de buscar soluciones. Las empresas que saben crear estas condiciones crean vínculos duraderos con sus empleados, que ven cómo su trabajo no se limita a una sucesión inconexa de tareas diarias, sino que adquiere un verdadero sentido de carrera en progresión con un itinerario vital y profesional trazado ante ellos. Un itinerario, eso sí, no completamente definido, sino abierto a nuevos y emocionantes desafíos en los que su empresa siempre estará dispuesta a acompañarlos. 

Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.