Learning by doing o el arte de aprender atravesando la tormenta

Aprender haciendo es una de las formas más antiguas y eficaces de adquirir conocimientos, basada en la experiencia directa y en la aplicación práctica del saber.

Se atribuye al filósofo, psicólogo y pedagogo estadounidense norteamericano John Dewey (1859–1952) la autoría de un concepto que en realidad él no inventó. Porque la doctrina educativa conocida como learning by doing (aprender haciendo) es en realidad tan antigua como la propia humanidad. Esta metodología es, sin ir más lejos, la que está en la base del sistema de aprendizaje que durante siglos han practicado con enorme éxito artesanos, artistas y profesionales de oficios manuales, en un trasvase de conocimientos de maestros a aprendices cimentado en la observación, puesta en práctica y paulatino perfeccionamiento del propio desempeño en situaciones de trabajo real.

 

Y mucho antes que esos zapateros, carpinteros o joyeros, ya en los albores de la raza humana era también la pericia en acción de las generaciones más veteranas la que servía a las más noveles como referencia directa para introducirse en las artes de la caza, la guerra, la fabricación de herramientas, la agricultura o la construcción de refugios para la comunidad. ¡Hasta los animales aprenden técnicas de supervivencia a través de la imitación de los comportamientos de sus congéneres más experimentados!

 

Este enfoque pone el acento en la acción como origen del conocimiento y no como simple consecuencia de él.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

Lo que sí hizo John Dewey, y ahí reside su verdadero mérito, fue racionalizar esta idea de aprender haciendo y volcarla sobre una teoría estructurada y sistematizada que ha tenido una enorme influencia posterior. Considerado como uno de los padres de la llamada pedagogía progresista, Dewey no era partidario de la educación tradicional memorística, que consideraba pasiva y con escaso nivel de retención y transferencia. Él defendía, en cambio, que las personas aprenden mejor cuando hacen que cuando estudian, es decir, cuando participan activamente y se implican en experiencias significativas, que cuando se limitan a asimilar conceptos, fórmulas o cifras.

 

Entre sus grandes aportaciones están sus tesis sobre el instrumentalismo, basada en la acción y la experimentación, o la introducción del trabajo por proyectos en la escuela. También sostenía que para que una experiencia sea realmente significativa no basta con vivirla, sino que debe ir acompañada de una guía y una reflexión posterior que permita comprender por qué unas determinadas acciones conducen a la obtención de un resultado concreto.

Como sucedía con los antiguos artesanos, el mundo del trabajo es donde el sistema del learning by doing tiene un mejor encaje en la actualidad. No solo por el hecho de que, como sostiene Dewey, los niveles de transferencia sean mucho mayores cuando se están aplicando in situ a situaciones de «fuego real», sino porque permite formar al equipo sin interrumpir los flujos de trabajo ni perder productividad durante esa curva de aprendizaje, como sí sucedería inevitablemente con una formación convencional en aula y de orientación teórica.

 

Esta adecuación del aprender haciendo a los programas formativos destinados a ganar empleabilidad está favoreciendo que cada vez se tiendan más puentes entre las instituciones académicas y el sector empresarial. Esas sinergias, que incluyen la incorporación de profesionales de la empresa a los equipos docentes de másteres, grados universitarios y módulos de Formación Profesional, pasan, fundamentalmente, por la realización por parte de los estudiantes de prácticas empresariales como requisito imprescindible para obtener la titulación.

Son las horas de vuelo, y no los títulos académicos ni los galones jerárquicos, lo que hacen a un profesional de cualquier especialidad alcanzar la excelencia.

Los médicos son, seguramente, una de las profesiones que desde hace más tiempo ha interiorizado la necesidad de lanzar desde muy pronto a sus estudiantes a la piscina de los pacientes de carne y hueso y con dolencias reales. La figura del médico residente, un profesional aún en periodo de formación que pasa un mínimo de tres años trabajando, siempre bajo la supervisión de un médico senior, en un hospital, es el ejemplo perfecto del hacer como factor acelerador del aprendizaje profesional.

 

El learning by doing no solo es eficaz en esas fases incipientes de la carrera profesional, cuando se necesita tomarle el pulso lo antes posible a la realidad del oficio para acceder a sus rudimentos.

 Las empresas están recurriendo a esta modalidad para capacitar a sus profesionales de todos los niveles de experiencia. Son las horas de vuelo, y no los títulos académicos ni los galones jerárquicos, lo que hacen a un profesional de cualquier especialidad alcanzar la excelencia. 

 

Uno de los últimos exponentes de este sistema de capacitación para el empleo es la FP Dual, modalidad que simultanea el trabajo en clase con una inmersión intensiva en empresa en la que poner en práctica y asentar los conocimientos adquiridos. La fase empresarial debe suponer al menos el 25% del programa y cubrir entre 500 y 800 horas en régimen general, y entre 800 a 1.200 en intensivo.

La transformación digital a la que asistimos en todos los ámbitos está siendo un factor determinante para la expansión de esta metodología de aprendizaje. Y es que el ritmo vertiginoso de la (r)evolución tecnológica, que se ha transmitido por contagio a todos los mercados y sectores de actividad, no da tregua a las empresas ni a sus personas, que deben adaptarse a esos permanentes cambios a velocidad de vértigoEl dicho popular de «los experimentos con gaseosa» no tiene cabida en esta nueva era de explosión tecnológica, disrupción empresarial e innovación permanente. De hecho, lo que ahora se pide es experimentación real, riesgo controlado y tolerancia al error como vía directa de aprendizaje. «Equivócate rápido, equivócate pronto y equivócate barato», reza el axioma de emprendimiento, toda una filosofía de vida empresarial que tiene en la letra «a» (de aprendizaje, pero también de acción) su pilar fundamental. 

No se trata de «aprender a trabajar trabajando», sino del aprendizaje como filosofía de trabajo.

Ya no se trata de «aprender a trabajar trabajando», sino del aprendizaje como filosofía de trabajo. Las metodologías «agile» son las que con mayor entusiasmo han abrazado esta manera de funcionar, basada en la prueba-error como pista rápida hacia la innovación. Esta fórmula invita a los miembros de equipo a iterar continuamente sobre sus propios desarrollos sin una hoja de ruta rígida de partida. Avanzan mejorando versiones, desechando elementos, incorporando otros, testando hitos… Y siempre en estrecha colaboración con compañeros, clientes, proveedores externos, el mundo académico y hasta con competidores si es preciso. 

 

Aprender haciendo no sólo permite al profesional ganar en velocidad de transferencia del conocimiento al entorno de trabajo y conversión de técnicas laborales en hábitos de comportamiento. También le facilita adquirir y consolidar soft skills o habilidades blandas que le sería muy complejo abordar desde un entorno de aula. Habilidades como trabajo en equipo, resiliencia, resolución de problemas, capacidad organizativa, autonomía, creatividad, liderazgo o tolerancia a la presión que solo es posible desarrollar en situaciones vividas en primera persona y con la sana excitación de saber que el rugido de los truenos y el crepitar de la lluvia torrencial que oímos aproximarse no son simulados, sino que se ciernen realmente sobre nuestra cabeza. 

Ramón Oliver es periodista especializado en empleo, economía y sostenibilidad, temáticas sobre las que ha escrito en medios como El País, El Economista, OK Diario o Capital Humano. Actualmente colabora con Vozpópuli, La Vanguardia o Ethic Magazine y dirige la web especializada MetaEmpleo.