¿Buscamos un empleo o un lugar donde nuestro trabajo tenga impacto?

El trabajo es un espacio para crecer y desarrollar aquello que nos mueve. Así, los valores y el sentido de lo que hacemos cobran cada vez más importancia en la satisfacción laboral.

Septiembre es uno de los meses que concentra mayor actividad en el mercado laboral. Con la vuelta de las vacaciones, la puesta en marcha de nuevos proyectos y con objetivos pendientes que retomar, se abre uno de los periodos de mayor contratación en el mundo (September Surge). Un momento que invita a preguntarnos: “¿Buscamos un empleo que nos aporte estabilidad o, además, un lugar donde nuestro trabajo tenga impacto?”

 

El salario, la estabilidad y las condiciones laborales siguen siendo factores de satisfacción laboral para decantarnos por una organización u otra. Queremos que nuestro trabajo nos proporcione unos ingresos suficientes, estar protegidos frente a determinados riesgos y desarrollar nuestra actividad con la mayor seguridad posible.

 

Una vez cubiertas estas necesidades, nuestras expectativas pueden ir más allá. ¿Es suficiente con sentirnos seguros? ¿O también buscamos un lugar donde podamos crecer, compartir aquello que nos importa y sentir que nuestro trabajo tiene un propósito? Es aquí donde cobran importancia el sentido de la labor y la cultura organizacional, dos factores que cada vez pesan más a la hora de elegir dónde trabajar y que marcan la diferencia en nuestra experiencia profesional.

 

En mi experiencia como orientador, esta búsqueda de sentido está cada vez más presente a la hora de hablar sobre el futuro laboral. Mientras que para quienes cuentan con una trayectoria más consolidada la estabilidad y seguridad siguen teniendo un peso importante, entre los más jóvenes adquiere mayor relevancia el propósito, la conexión entre lo que han estudiado y aquello que sienten que pueden aportar al mundo. Más que una cuestión generacional, refleja cómo nuestras prioridades pueden cambiar y evolucionar.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

La flora tiene la capacidad para crecer, pero necesita determinadas condiciones naturales para poder hacerlo adecuadamente. Algunos de estos factores, como el agua y la temperatura, son esenciales para su supervivencia, mientras que otros, como la intensidad y calidad de la luz o los niveles de humedad, permiten que no solo sobreviva, sino que crezca y exprese su capacidad de floración, dando lugar a flores abundantes, sanas y de mayor calidad. Las personas, al igual que la flora, también tienen un potencial que necesita algunas condiciones para alcanzar su máximo desarrollo.

 

En el ámbito profesional, dos personas pueden compartir capacidades y talentos similares y, sin embargo, desarrollar su potencial de formas distintas. La clave no siempre está en las aptitudes de cada uno, sino en aquello que nutre y orienta su crecimiento: los valores y el propósito.

 

La pirámide de Maslow plantea cómo, a medida que cubrimos necesidades de supervivencia y seguridad, adquieren mayor relevancia las relacionadas con la pertenencia, la autoestima y la autorrealización. Es por ello que, cada vez más, las personas que buscan empleo no se fijan únicamente en el salario o en las condiciones, sino que valoran aquello que va más allá de lo material: sentirse identificadas con unos valores, encontrar un propósito y formar parte de un proyecto común.

Sentir que aquello que hacemos tiene un significado aumenta nuestra motivación, favorece el compromiso y genera un mayor nivel de satisfacción.

Encontrar el sentido de nuestra labor nos permite entender la actividad profesional como algo más que una fuente de ingresos y convertirla también en una forma de aportar, crecer y desarrollarnos. Sentir que aquello que hacemos tiene un significado aumenta nuestra motivación, favorece el compromiso y genera un mayor nivel de satisfacción con nuestro trabajo.

Los valores son principios que guían la forma de ser, pensar y actuar de las personas. Influyen en las elecciones de cada individuo y determinan qué considera importante, qué le  motiva o con qué concepciones del trabajo se  siente identificado. La honestidad, la innovación o la sostenibilidad son algunos ejemplos. Mientras los valores orientan nuestra forma de actuar, el propósito da sentido a aquello que hacemos. Cuando ambos están alineados, resulta más fácil sentir que nuestra actividad profesional es coherente con lo que pensamos, creemos y por lo que queremos aportar.

Unas raíces fuertes no nos impiden crecer; nos dan la estabilidad necesaria para hacerlo.

Las empresas definen qué quieren aportar a la sociedad, qué principios orientan sus decisiones y cómo quieren hacer las cosas. Al igual que las personas, tienen propósito y valores. Se reflejan en su cultura, en la forma de trabajar y en las relaciones que establecen con las personas que forman parte de la organización. Toda esta información construye una identidad propia y una cultura que da sentido al proyecto empresarial, marcando una forma de entender el negocio (y el mundo).

Cuando los valores personales y los de una organización encuentran un punto de conexión, se crea una relación auténtica y significativa. Esa afinidad permite, por un lado, que las personas se sientan identificadas con la forma de entender el trabajo y, por otro, favorece el sentido de pertenencia a la empresa.

No necesitamos coincidir al 100% sino encontrar un terreno suficientemente fértil para crecer sin renunciar constantemente a nuestra forma de entender el mundo. Como una planta que echa raíces profundas para sostener su crecimiento, las personas necesitamos una base que nos permita desarrollarnos y alcanzar una calidad de vida sin perder de vista aquello que nos define. Unas raíces fuertes no nos impiden crecer; nos dan la estabilidad necesaria para hacerlo.

La alineación entre nuestros valores y los de la organización no solo influye en cómo vivimos nuestro día a día, sino también en cómo construimos nuestra trayectoria profesional. Cuando sentimos que nuestro entorno laboral es coherente con aquello que consideramos importante, encontramos un espacio en el que podemos desarrollar nuestras capacidades, asumir nuevos retos y seguir aprendiendo de manera natural y genuina.

 

 La alineación entre la persona y la organización puede marcar una diferencia que va más allá de sentirse a gusto en el trabajo. La Teoría del Ajuste Laboral, desarrollada por Dawis y Lofquist, parte de una idea sencilla: cuanto mayor es el encaje entre un trabajador y su puesto de trabajo, mayor tiende a ser su satisfacción. Sin embargo, Bretz y Judge ampliaron esa mirada y encontraron que ese ajuste también se extiende a la relación entre el profesional y la empresa (Person-Organization Fit, 1994), con consecuencias en las experiencias laborales y en las trayectorias profesionales. De esta manera, la alineación persona-organización no solo influye en la satisfacción y la retención, sino también en el compromiso con lo que hacemos, el crecimiento de la carrera profesional y el nivel de motivación. En el lado opuesto, la falta de encaje puede generar mayor estrés y desgaste, factores que favorecen la aparición del síndrome de burnout.

 

El desarrollo profesional no consiste únicamente en ascender, asumir más responsabilidades o alcanzar una determinada posición. También queremos descubrir nuevas fortalezas, ganar autonomía y encontrar nuevas formas de aportar valor.

Ya no buscamos únicamente dónde trabajar, sino también dónde podemos crecer, qué podemos aportar y qué tipo de profesional queremos llegar a ser.

Una planta no crece únicamente hacia arriba, sino hacia donde encuentra las condiciones para desarrollarse. En nuestra carrera, avanzar también implica elegir aquellas oportunidades de desarrollo profesional que nos permiten crecer en la dirección que queremos y, en este sentido, las organizaciones son espacios que nos permiten desplegar todo el potencial.

 

Una oportunidad laboral puede resultar atractiva por las condiciones que ofrece, pero también por lo que nos permite aprender, por las personas con las que vamos a trabajar o por el impacto que podemos generar desde nuestro puesto de trabajo. Y quizá ahí está una de las claves para entender cómo está cambiando nuestra relación con el trabajo: ya no buscamos únicamente dónde trabajar, sino también dónde podemos crecer, qué podemos aportar y qué tipo de profesional queremos llegar a ser.

Graduado en Pedagogía por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), cuenta con más de cinco años de experiencia potenciando carreras profesionales y conectando talento con empresas. Actualmente, lidera el Departamento de Desarrollo Profesional (Orientación, Formación & Empleo) en el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Madrid.