Lo que olvidamos al crecer: lecciones laborales que solo un niño nos recuerda

La alegría, la creatividad y la imaginación propias de la infancia pueden convertir el trabajo en un espacio más libre, humano y fértil para crecer sin prejuicios.

La curiosidad insaciable, la espontaneidad al preguntar, la capacidad de observar sin prejuicios o la valentía de decir lo que se les pasa por la cabeza suelen asociarse a la infancia. Con el paso del tiempo, estas cualidades no desaparecen del todo, pero sí quedan en segundo plano, especialmente en el ámbito laboral, donde las rutinas y la búsqueda de certezas tienden a imponerse. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que muchas de esas actitudes infantiles son, en realidad, grandes aliadas del trabajo bien hecho. No se trata de volver a ser niños, pero sí de reconciliarnos con lo mejor de aquella etapa, recuperando algunas de esas cualidades que tuvimos y aplicarlas en nuestro entorno laboral.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

 

Si algo caracteriza a los niños es su capacidad de asombro. No dan nada por supuesto y escuchan como si cada conversación fuera la primera, observando como si el mundo acabara de estrenarse. Imaginemos por un momento qué ocurriría si, también en el trabajo, dejáramos de anticipar lo que el otro va a decir y nos abriéramos a escuchar de verdad. Probablemente estaríamos más dispuestos a aprender, a descubrir matices inesperados, a reconocer ideas valiosas que el otro quizá ni siquiera sabía que estaba formulando. La escucha activa, esa que no se limita a oír, sino que interpreta y conecta, se ve a menudo afectada por la rutina y la prisa. Los niños, en cambio, escuchan con todo el cuerpo, con los oídos, con los ojos y con una atención plena que no discrimina lo importante de lo aparentemente irrelevante.

Para los niños, la vida es un juego; para los adultos, con demasiada frecuencia, se convierte en una sucesión de rutinas. En ese tránsito solemos dejar atrás el valor del ocio entendido no como evasión, sino como una actitud ante lo que hacemos. Porque cuando todo es juego, cada tarea se transforma en una oportunidad creativa. Basta observar a un niño al que se le pide que lleve los platos a la cocina. No cumple una obligación, sino que pilota una nave espacial, atraviesa una misión secreta o supera un desafío épico. La tarea es la misma, pero la experiencia cambia por completo. En el proceso, se implica, se divierte y aprende. Si fuéramos capaces de introducir más imaginación y propósito en nuestros cometidos diarios podríamos dotarlos de mayor sentido. J.M. Barrie, creador de Peter Pan, lo expresó con precisión: «No se trata de hacer lo que te gusta, sino de que te guste lo que haces. Ese es el secreto de la felicidad». Una idea sencilla, pero profundamente transformadora.

No se trata de hacer lo que te gusta, sino de que te guste lo que haces. Ese es el secreto de la felicidad.

El músculo creativo, tan natural en la infancia, resulta hoy más necesario que nunca en el ámbito profesional. Porque los problemas no se resuelven solo con método y conocimiento, sino también con la capacidad de imaginar alternativas, de ensayar soluciones que aún no existen. Si no exigiera imaginación, no serían problemas, sino simples trámites. No es casual que Albert Einstein lo resumiera así: «Es mucho más importante la imaginación que el conocimiento». Además, el niño no solo imagina, sino que propone juegos que nacen en el mismo instante, planes inesperados, pequeñas aventuras cotidianas. Esa combinación de imaginación y acción es, en esencia, proactividad. 

Uno de los rasgos que más solemos añorar al crecer es la naturalidad con la que nos expresábamos de niños. Esa sinceridad sin filtros, libre de cálculos y de miedos, que decía las cosas tal como eran. Con los años aprendemos, y es necesario, a medir las palabras, a considerar el impacto que pueden tener en los demás. Pero en ese aprendizaje a veces perdemos algo valioso como es la espontaneidad. No es raro salir de una reunión con la sensación de haber guardado silencio cuando teníamos algo importante que aportar. Los prejuicios, el temor al juicio ajeno o la comodidad de no incomodar nos van acallando poco a poco. Y así, muchas buenas ideas se quedan en el camino, sin llegar a formularse. El adulto, a diferencia del niño, posee las herramientas para expresar sus opiniones de forma respetuosa y constructiva. Entonces, ¿por qué no recuperar también esa franqueza original? Integrar la sinceridad infantil con la madurez adulta no es una contradicción, sino una fortaleza, pues podemos decir lo que pensamos siempre con honestidad y cuidado. 

Integrar la sinceridad infantil con la madurez adulta no es una contradicción, sino una fortaleza.

El niño pide ayuda con absoluta naturalidad, ya que no ve en ello ninguna pérdida de autonomía, ni de dignidad o valor. Pide apoyo para completar una tarea, entender un juego o abrochar una prenda que se le resiste. Pedir ayuda forma parte del proceso de aprender. En la vida adulta, en cambio, esa sencillez suele diluirse. A veces solicitar apoyo en el entorno profesional se interpreta como una señal de debilidad, como si la competencia individual quedara en entredicho al reconocer que no se sabe algo. Nada más lejos de la realidad. El trabajo colaborativo no resta profesionalidad, sino que la multiplica, pues suma experiencia y soluciones más sólidas. El niño no teme decir «no sé», el adulto, en cambio, tiende a contenerse y a buscar soluciones en solitario. Es importante no olvidar que el conocimiento compartido es más poderoso que el individual y que el «nosotros» siempre avanza más lejos que el «yo». 

A veces solicitar apoyo en el entorno profesional se interpreta como una señal de debilidad, como si la competencia individual quedara en entredicho al reconocer que no se sabe algo.

El niño aún no ha incorporado muchos de los convencionalismos que después condicionan nuestra mirada. La discapacidad, la raza, la estatura o el aspecto físico pasan a un segundo plano, como señalan diversos estudios académicos y como han mostrado tantas iniciativas sociales que nos han interpelado en los últimos años. Para un niño, antes que cualquier etiqueta, siempre hay una persona. En la edad adulta, sin embargo, solemos hacer justo lo contrario. Cualquier rasgo puede convertirse en un filtro que condiciona la relación y, con ello, empobrece el vínculo. ¿Vemos al otro, de entrada, como un posible compañero, colega o aliado? ¿O como alguien del que protegernos? Imaginar qué ocurriría si dejáramos que el niño que fuimos volviera a guiarnos en ese primer gesto resulta revelador. Pedir apoyo sería más sencillo, la colaboración más natural y el trabajo en equipo más fluido.

El niño asume el desconocimiento como parte natural del proceso y pregunta, se equivoca y vuelve a intentarlo.

Como ocurre en la infancia, no saber cómo resolver una tarea no debería poner en jaque nuestra autoestima. El niño asume el desconocimiento como parte natural del proceso y pregunta, se equivoca y vuelve a intentarlo. No interpreta el «no sé» como un límite, sino como un punto de partida. En la edad adulta, en cambio, nos cuesta más admitirlo, pues reconocer que no sabemos algo parece, a veces, un signo de fragilidad. Cuando alcanzamos un objetivo, tendemos a minimizarlo, como si ponerlo en valor rozara la vanidad. Y no lo es. Reconocer los avances, por pequeños que parezcan, es una forma saludable de reforzar la motivación y de tomar conciencia del camino recorrido. Aceptar que no saber forma parte del aprendizaje y celebrar lo que sí hemos conseguido no nos hace menos profesionales, al contrario, nos permite trabajar con mayor confianza, sostener la curiosidad y avanzar sin miedo al error. 

Nuestro niño interior nos recordaría que, no solo en el trabajo sino también en la vida, una sonrisa abre puertas.

Resulta raro encontrar a un niño hosco o permanentemente malhumorado. En cambio, los adultos tendemos a fruncir el ceño con demasiada facilidad, como si la seriedad fuera una prueba de compromiso. Nuestro niño interior nos recordaría que, no solo en el trabajo sino también en la vida, una sonrisa abre puertas, desactiva tensiones y facilita casi cualquier encuentro. La sonrisa es, además, el primer gesto de empatía. Ese puente invisible que nos conecta con los demás antes incluso de que aparezcan las palabras. El psicólogo Carl Rogers lo explicó con claridad: «La empatía es ver el mundo con los ojos del otro, no ver nuestro mundo reflejado en los ojos del otro». Sonreír es, en muchos casos, la forma más sencilla de añadir humanidad a todo lo que hacemos. Recordemos el niño que fuimos porque seguro que se llevará de maravilla con el adulto que somos. 

Esther Peñas es periodista y autora de varios ensayos y novelas. Es colaboradora en medios como Ethic, Turia, CTXT, Cermi.es, Oxi-Nobstante y Graphic Classics. Actualmente, trabaja en Fundación ONCE, donde se enfoca en temas de diversidad, liderazgo activo y trabajo en equipo, con un claro compromiso con la inclusión en el entorno profesional. Su experiencia abarca tanto la gestión de proyectos como el desarrollo de capacidades en entornos colaborativos, destacando por su enfoque en la productividad y el empoderamiento de los equipos.